En estos días de tribulación, en los que se cruzan comentarios de diversa índole acerca de la idoneidad de algunas obras concebidas para anunciar acontecimientos de la ciudad de Sevilla, un oasis de sevillanía ha llegado a mis manos. Una nueva maravilla de esas que embelesan con solo mirarlas, que vienen envueltas en ese aroma de pureza y tradición que en las últimas horas algunos vienen asociando al calificativo rancio, con todas las connotaciones peyorativas que, en determinadas mentes, implica este calificativo que para muchos sevillanos suena a gloria bendita.
Un oasis en forma de lienzo que resume, a través de sus pinceladas, la esencia inmortal que se esconde por los callejones del Alma de Sevilla, la misma que su autora supo plasmar como nadie para regocijo de esa misma Sevilla que se indigna con el exceso que, quienes pretenden atropellar nuestras costumbres más profundamente arraigadas, han perpetrado en aras de una pretendida modernidad, de una presunta tolerancia, que se antoja profundamente intolerante con quienes nos sentimos ofendidos en nuestras más hondas emociones, ante un insulto disfrazado de arte que atenta contra nuestros recuerdos más hermosos e intocables mancillando con un halo de putrefacción esa infancia blanca, pura y limpia que muchos queremos legar a nuestros niños. Una indignación que nada tiene que ver con la homofobia, y lo saben perfectamente aunque mientan, ¿o piensan que cambiando al protagonista por una protagonista, o por una pareja heterosexual, puestos a rizar el rizo, la indignación no hubiese sido idéntica?
Un oasis de sevillanía y punto. Una obra que, al igual que ocurriese con aquella Alma abierta de par en par al mundo por obra y gracia de Nuria Barrera, alimenta el espíritu latente en la verdadera Sevilla, la que no se avergüenza de sus tradiciones ni de su pasado, intentando esconderla bajo fuegos de artificio que nada tienen que ver con el latido de sus sevillanos. Podría haber sido otra, pero no lo es, es Ella, la Reina del Arco, la dueña del altar de cabecera de tantos y tantos pobladores del universo que se pierden en sus pupilas cada madrugada, para soñar con su caminar infinitamente elegante por las calles de su ciudad.
Es la Macarena, la que se pasea por la calle Feria, justo antes de entrar en la plaza de los Carros, en la estrechez que existe pasando San Juan de la Palma y antes de llegar a la capilla de Montensión – Monte-Sión para el resto del universo -. Sí, exactamente ahí, donde usted y yo la hemos soñado miles de veces cruzando su mirada con la suya. Una maravilla concebida como regalo para Pepe Castillo, hasta ayer mismo diputado mayor de gobierno de la corporación, que tras la toma de posesión de hace unas horas, se ha convertido en fiscal. Un regalo de sus enlaces y colaboradores durante estos años, que en realidad, seguro que él me lo permitirá, es un regalo para todos nosotros, los que amamos profundamente el arte de verdad, el que no precisa de mayor explicación que lo que siente el alma cuando lo presencia.
Un arte al alcance de los sentidos del pueblo, que es quien sitúa a los auténticos artistas en el lugar que merecen, el reconocimiento y el aplauso unánime o la gloria efímera y la necesidad de disponer de un grupo de integristas, amigos, políticos o adoradores, odiadores todos de la Sevilla que protege y alimenta sus tradiciones, vocifere consignas desde sus púlpitos de intolerancia, porque intolerantes son quienes atacan el alma del pueblo y sus más profundas convicciones. La obra de Nuria Barrera es una nueva joya, un nuevo regocijo, un nuevo soplo de sevillanía, de auténtica sevillanía, que los sevillanos volverán a recibir con merece, con orgullo y satisfacción, y con el alma agradecida de quienes saben distinguir quienes les aman y aman sus cosas, separando el polvo de la paja. Puestos a comparar sensibilidad y sevillanía, algunas comparaciones son sencillamente inconcebibles. Esta es Sevilla, la de verdad, la que algunos jamás llegarán a comprender.





