Una cofradía perfectamente concebida

La Soledad de Santiago se ha convertido, con el paso de los años, en una cofradía que es toda una delicia contemplar por las calles de Córdoba. Un cortejo extremadamente cuidado, que presenta una imagen envidiable desde que se incorporó el nuevo e impecable hábito. Cortejo que se ha visto incrementado sensiblemente en los últimos años, lo que propicia que la puesta en escena de la cofradía haya ganado muchos enteros.

La sobriedad de su cuerpo de nazarenos es todo un ejemplo y una llamada a la introspección y a la oración a la que probablemente ayuda el hecho de que el Viernes Santo sea tradicionalmente el día con menos público en la calle de toda la Semana Santa de Córdoba, sin bullas ni excesos derivados. Una circunstancia amplificada este año, por mor de las condiciones climatológicas que han convertido en valientes a los cordobeses que se han dado cita en las calles para encontrarse con sus cofradías.

Bellísima la dolorosa de Luis Álvarez Duarte, como siempre, presidiendo el magnífico conjunto, derivado de la renovación estética que emprendió la cofradía en 2004, en el que se ha convertido el altar itinerante,  que combina caoba y bronce, en el que la Virgen de la Soledad derrama su esencia por las calles de la ciudad. Un resultado excelente al que colabora el buen hacer del capataz que tiene el privilegio de llevarla, camino del mayor templo de la diócesis, Enrique Garrido, que ha sabido imprimir al caminar de la Virgen que pena en soledad en el Monte Calvario, de la cadencia precisa y el son perfecto para un paso de estas características. 

Cuando la Virgen de la Soledad se aleja y la Santa Cruz se pierde en el horizonte de nuestras oraciones, permanece en el ambiente el regusto dulce de haber sido testigo del transitar de una cofradía perfectamente concebida, que materializa exactamente lo que pretende, y que ha logrado encontrar el punto justo de su propia idiosincrasia.