Cádiz, Portada

Una obra de Pedro de Mena en la Prioral de El Puerto de Santa María

El hallazgo ha sido dado a conocer por Juan Dobado en la revista Miriam

Pedro de Mena y Medrano (1628-1688) cuenta en su haber con una prolífica producción de imágenes sagradas que llegaron a formar parte de numerosos templos, siendo muy apreciado también por la sociedad de la época. Sus imágenes, de honda unción sagrada, acabaron conquistando a un público que se imprimía de las directrices emanadas por el Concilio de Trento, desarrolladas durante la Contrarreforma.

Hace tan solo unos meses una familia particular ha realizado una donación a la Iglesia prioral de la localidad gaditana de El Puerto de Santa María. Se trata de una hornacina tallada y dorada con estípites, cuya ejecución se sitúa en el primer tercio del siglo XVIII, junto con dos pequeñas tallas ubicadas en su interior. Sin embargo, lo más interesante del conjunto es la pieza central que preside dicha hornacina, una Inmaculada Concepción cuyas características la sitúan en la producción el escultor granadino.

Sobre una peana de carey, donde puede leerse la inscripción Ps, DE MENA MEDRANO Ft MALACAE ANNO 1681 –la fecha revela que se trata de una obra tardía–, se yergue la imagen, situada sobre un orbe rodeado por la serpiente. A los pies de la Inmaculada, la media luna invertida, y tres cabezas de querubines aladas. Las medidas totales, junto con la peana, son de 70 cm. Según Dobado, «el canon de la figura es la habitual en las creaciones de Pedro de Mena, viste túnica marfileña con decoración dorada, a modo de tejido de brocado, y manto celestial, con orla y salpicado de estrellas, presentando las vueltas carmesí, con el clásico cogido en el brazo izquierdo y pliegues que cuelgan entre el espacio que deja el manto, hacia la izquierda». En cuanto a su rostro, es muy aniñado, como suele ser en sus obras, cayendo su cabellera en largos mechones, ligeramente ondulados por la delantera así como por la espalda. Dobado destaca de ella «ese aire de melancolía que envuelve la adolescencia de María».

La imagen cuenta con corona de plata y ráfaga, de forma almendrada desde los pies hasta los hombros, alternando rayos rectos que terminan en estrellas con otros flameantes, al igual que la corona. Ambos elementos podrían fecharse en torno al primer tercio del setecientos, por lo que habría sido un añadido posterior a la realización de la talla. Tanto la platería como la urna «responden a un deseo de embellecimiento propio de este momento pleno del barroco» en palabras del prior del Santo Ángel, quien recuerda también que es la única de las versiones concepcionistas de Mena, de pequeño tamaño, que presenta ráfaga de plata.

Sería también la última Inmaculada de pequeño formato realizada por Pedro de Mena, enmarcada dentro de una etapa en la carrera del artista caracterizada por la simplicidad de los modelos, donde influyó su estancia en Madrid y Toledo, tras conocer de primera mano la imaginería castellana, en los años sesenta, lo que provocó una simplicidad en las formas y volúmenes, intensificando el contenido espiritual.  Tras esta etapa castellana recalaría de nuevo en el sur, centrando su producción en dos tipos devocionales, como el Ecce Homo y la Dolorosa.

Siglos después, Pedro de Mena sigue estando de actualidad. En el mercado internacional del arte sus obras se sitúan entre las más apreciadas de entre los escultores españoles, especialmente en el mundo anglosajón, que ya centurias atrás lo bautizó como el Bernini español, asombrado por el misticismo de sus composiciones y su profunda espiritualidad. Ahora, una nueva obra vuelve a poner de relieve la producción del artista.