Hay guerras que no hacen ruido, pero desgarran, no se libran con cañones ni siquiera con tambores y cornetas, sino con presupuestos, encargos y a veces con muchos silencios. Es la guerra de los bordadores españoles contra los trabajos que llegan desde Pakistán, una guerra sin parte oficial, sin bandos declarados, pero con trincheras bien marcadas. Y como siempre, el cofrade ese que siente, ese que paga, ese que sueña, se queda en medio, sin saber si lo que lleva su cofradía es arte o imitación.
Los bordados, aunque lleguen desde el otro lado del mundo tienen brillo, tienen forma, y tienen precio, pero lo que no tienen es alma. No tienen la conversación entre el maestro y el aprendiz, no han oído la música de fondo de todos los talleres, ni han olido el incienso quemado con carboncillo, no han olido ese café de media tarde en el taller, no saben de las señoras que bordan en silencio mientras rezan, no saben del Ángelus ni de Vísperas, tienen oro, sí. Pero no tienen ni sangre, ni alma, esta sangre y alma tan nuestra.
Sin embargo, ahí están. En pasos de gloria, en palios de estreno, en túnicas que se pasean por nuestras calles como si fueran nuestras, y que a veces son copias, burdas copias, reflejos sin cuerpo, y sin alma. Son lo que pasa cuando el Excel y el ahorro mandan más que el corazón.
La pregunta se repite en tertulias, en corrillos, en grupos de WhatsApp donde se habla más de bordados que de evangelios. “¿Por qué no montan ellos el taller en Pakistán?” Y la respuesta, aunque duela, es sencilla: porque no quieren, montar allí es renunciar a lo que son. Tengo la seguridad de que enseñar a bordar a quien no ha vivido la Semana Santa es como enseñar a rezar a alguien sin fe.
Además, ¿Quién garantiza que el taller no se convierta en una fábrica? ¿Quién asegura que el maestro no se convierta en supervisor de producción de una cadena de máquinas robotizadas, que repiten puntadas y diseños como rosquillas? ¿Quién protege el alma del bordado cuando se convierte en mercancía?
Los grandes bordadores unos callan, otros no, algunos lo hacen por prudencia, otros por miedo, otros dejaron de hacerlo por puro cansancio. Saben todos que levantar la voz quizás solo le lleven a perder encargos; Saben que criticar lo importado es enfrentarse a juntas que solo miran el presupuesto; Saben que el arte, cuando se convierte en producto, deja de ser arte, saben que esa guerra ya está perdida, aunque luchen hasta el último aliento.
Y mientras tanto, los que amamos el bordado como se ama una saeta —con respeto, con temblor, con lágrimas— vemos cómo se diluye la identidad entre lentejuelas que brillan, pero no iluminan. Que nadie se equivoque, esto no va de países, va de raíces; No se trata de despreciar lo extranjero, sino de defender lo propio, no es cerrar fronteras, es abrir los ojos. Porque cuando el manto de una Virgen se borda sin saber quién es esa Virgen, algo ya está roto. Y cuando el escudo de una hermandad se repite en serie, algo se olvida.
Cada puntada hecha en España es un acto de resistencia. Cada hilo que se cruza con paciencia es una oración. Cada taller que sigue abierto, aunque le falten encargos, es una trinchera donde se defiende la memoria; Y quizás, algún día, cuando el brillo importado se apague, volveremos a mirar el bordado como lo que es: un arte que no se puede copiar, porque nace de lo que somos, porque se hace como solo saben los que lo llevan haciendo desde siglos, repitiendo lo aprendido de cada diseño, de cada encargo, seguro fundamentado en un sueño en común de un grupo de hermanos.
Ahora que ya estamos en la guerra, quizás sea el momento de replantearse la estrategia de lucha, retocar el precio, mejorar los diseños, garantizar la exclusividad de cada obra, trabajar con las manos, con el corazón y sobre todo con el cerebro.





