El viejo costal, Opinión

Yo también lo sabía todo…

Hay que ser conscientes del daño que nos está haciendo al mundo cofrade las reuniones de cofrades y de costaleros en bares afines, afines solamente al dinero que puedan dejar con sus elaboradas ideas y largas discusiones sobre el lugar que ocupa determinado capataz, determinada banda o determinada hermandad en el ranking indiscutible de las que creen valiosas opiniones.

Y como la opinión es libre, se le merece el respeto propio de quien opina libremente, independientemente del tiempo y la experiencia que respalde el punto de vista ofertado o manifestado libremente, salvo que en estas cosas, la experiencia le da a quien opina una capacidad de clarividencia muy lejana a lo aprendido viendo videos en internet o escuchando marchas grabadas durante horas, en múltiples intentos, hasta quedar lo más perfecta posible y subida a las redes sociales, para gozo de quien la desee oír y muestra poco válida para conocer el comportamiento de esa misma banda en las calles de una ciudad el último día de sus actuaciones contratadas, con cansancio, y muchas horas de trabajo.

Además todos hemos oído, leído o visto en redes sociales las mejores chicotás de las más afamadas cuadrillas, de los más afamados capataces, de las más sonoras, numerosas y perfectas bandas, tocando las últimas marchas “de moda”, las más modernas y novedosas. Pero todos debemos saber y ser conscientes de que los capataces, las cuadrillas, y las bandas tienen subidas y bajadas en la calidad de su ejercicio, hay años que están muy bien y otros no tanto, unos con un nivel insuperable y otros con un nivel no tan insuperable. Incluso hemos visto y oído hundirse y volver a resurgir muchas bandas, así como cuadrillas de nuestro entorno en cuestión de pocos años, y otras en mucho más tiempo.

Pero lo peor de todo, es cuando estos elocuentes grupos de opinadores se establecen en nuestras hermandades, bajo denominaciones peculiares, siendo la denominación una identidad, identidad superior incluso a la que le brinda pertenecer a su cofradía. Independientemente del pinturero de sus nombres y del color de las chaquetas que vistan, así como de lo que resistan, se erigen como sabios absolutos y determinan de forma unilateral qué capataz es el ideal para su hermandad y cuadrilla, qué banda es la más adecuada, y creedme, incluso a veces, quién es el más adecuado para hermano mayor, olvidando incluso que ha de surgir de las urnas siempre democráticas en las cofradías.

Nunca miran las trayectoria de un capataz, solo si el mismo permite atrocidades y cuando digo atrocidades me refiero literalmente a eso, “atrocidades”, solo le es válido el capataz permisivo, que no impone respeto por lo portado, solo el que le consiente todo lo que ellos piden y esto lleva incuestionablemente a la falta de respeto, a la incoherencia en el estilo y con el estilo de la hermandad, a que solo sean válidas las afamadas bandas, los cambios con zancadas inmensas, pasos atrás, indolentes a pesar de la seriedad de sus titulares, olvidando que quizás solo reclaman seriedad y silencio.

No entienden la seriedad y obediente disciplina solicitada por un capataz y su equipo, no entienden que estos hagan planes a diez o doce años, que se avance en la técnica y en el estilo poco a poco, culminando tras una década si la cuadrilla está atenta a lo que se vaya solicitando o, más tarde, si tiene en su interior estos corpúsculos de incoherentes sabelotodo señalados.

Y respeto en la medida de lo que vale la opinión de todos, pero a todos me gustaría señalarles que cuando yo tenía veinte y pocos años me pasaba como a ellos, que creía saberlo todo, la edad, el paso del tiempo y el trabajo constante con cuadrillas me ha demostrado que solo se puede opinar de ellas cuando llevas un par de décadas o más años dentro de ellas de costalero, ensayando y saliendo, y del capataz cinco o seis años después, de la banda solamente tras escucharla en el camino de regreso, y del hermano mayor, nunca o casi nunca.

Y es que yo con veinte años de edad, mis opiniones valían muy poco, por provenir de un joven alocado y falto de experiencia, con muy pocas cosas vistas y quizás menos oídas.