El Cirineo, 💙 Opinión

2020: El año de alzar la voz o convertirnos de corderos para el matadero de nuestra idiosincrasia y nuestras tradiciones

Siempre he dicho que no soy pesimista sino realista y que cuando me sitúo en posiciones poco halagüeñas con respecto a lo que se avecina, lo hago siempre en el convencimiento de que el futuro se sitúa en un plano de realidad muy desfavorable. Así que lo diré de lleno, sin paños calientes. Lo que viene es duro, durísimo. Créanme si les digo que preferiría hablarles de otra cosa con motivo de la llegada del Año Nuevo. De esperanza, de ilusión, de buenos propósitos, de sueños por alcanzar, de uvas, champán -cualquier cosa menos cava independentista-, familia y paz… pero me es imposible.

Lo que se cierne sobre lo que queda de España es una tragedia sin precedentes, desde el punto de vista de las libertades individuales, de la libertad de prensa, de la libertad de pensamiento… un drama para los más desfavorecidos que van a sufrir en sus propias carnes la dolorosa caída de actividad económica que va propiciar esta pandilla de iluminados que desde el Gobierno del Estado va a llevar a España a un abismo y para las clases medias, los pequeños empresarios y los autónomos que van a ser literalmente crucificados a impuestos para satisfacer los dispendios de una banda de descerebrados que van a apoyar su sectario y totalitario modo de proceder en delincuentes y terroristas a los que no le va a temblar el pulso a la hora de desestabilizar a España, de desmembrarla y, en última instancia, de destruirla. La democracia en España, tal y como la hemos conocido desde que terminó la dictadura de Franco, ha muerto para siempre.

Pero será especialmente duro para quienes profesamos la fe católica con carácter general y para los cofrades en particular, que vamos a comenzar a sufrir los ataques indiscriminados de una horda de anticristianos cuyos miembros odian lo que la Iglesia representa y lo que predica desde el día uno, la libertad, la defensa de instituciones como la familia o de derechos esenciales como la vida del enfermo o del no nacido. Prueba de ello es la patética amenaza -pese a pretender ser inquietante- perpetrada por el portavoz de Izquierda Hundida en Córdoba, Pedro García, de expropiar a sus legítimos propietarios y a todos los cordobeses la Mezquita Catedral. Éste ha sido el primero de los ataques -más allá de la obsesión con la asignatura de Religión, que ha sufrido una de las primeras andanadas con el anuncio de ser relegada definitivamente a un pasatiempo en la escuela- pero no será el último.

Por ejemplificar, en apenas unas semanas constataremos si el gobierno frentepopulista de la vergüenza prohíbe la presencia de militares -legionarios incluidos- en las procesiones de Semana Santa de este año que comienza o espera al siguiente. Y en breve, tal y como ya ha anunciado el costalero arrepentido, comenzarán a moverse los hilos precisos para robarle a los católicos lo que les pertenece. Por no hablar de hermandades asentadas históricamente en edificios de titularidad pública -les hablo de los Estudiantes, las Cigarreras o el Valle- deberán comenzar a pensar en buscar acomodo en otro enclave. ¿O realmente piensan que los herederos de los quema iglesias -algunos de ellos asaltacapillas en primera persona- van a permitir que existan hermandades en la Universidad? A las corporaciones les quedará el derecho al pataleo o, como mucho, acudir a un sistema judicial que ya está comenzando a demostrarse prostituido.

Nos odian, a los cristianos y a todo lo que huele a incienso, y las hermandades no son una excepción. Quien quiera seguir con la venda en los ojos jugando a ser cofrade y comunista -¿habrá mayor contradicción y memez?- que siga practicando la táctica del avestruz con el pecho henchido de orgullo como un pavo la víspera de Nochebuena. Llegarán las prohibiciones, los impedimentos, las expropiaciones, la persecución económica e impositiva… Y no les temblará la mano porque nos odian. A ver entonces cómo lo justifican quienes cacarean orgullosos que son cofrades y votantes de la extrema izquierda más radical, anticlerical y sectaria que este país ha tenido nunca desde la miserable República que llevo al país a una Guerra Civil. Descerebrados que valoran más el odio a determinadas siglas políticas que la defensa de su religión, su iglesia y sus cofradías.

Llámeme agorero, exagerado o demagogo, pero está muy cercano el rechinar de dientes. Quienes estén dispuestos a pelear, con la ley y la protesta pública como arma, que nadie malinterprete interesadamente mis palabras, por defender nuestra libertad y nuestra fe que se preparen, porque el momento de levantar la voz, unidos, sin fisuras ni reparto de votos, comienza a divisarse por el horizonte. De lo contrario, si callamos y asistimos de manera impasible o amedrentada como nos atacan y nos vilipendian, solamente nos espera un futuro: convertirnos en corderos para el matadero de nuestra idiosincrasia y nuestras tradiciones, y ser objeto de la ira, la persecución y la destrucción de nuestra esencia, como ocurrió con los judíos en la Alemania nazi.

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