El día en que Chiquilín se encomendó a Jesús Caído

La historia de la tauromaquia se halla indisolublemente unida a la religiosidad popular, consecuencia directa de que ambas son manifestaciones profundamente arraigadas en la esencia del pueblo en el que tradicionalmente han crecido y se han desarrollado. Múltiples son los ejemplos que corroboran esta máxima y miles los casos de personas vinculadas al mundo de los toros que se han encomendado a lo largo de las décadas a aquella devoción singular que goza de un lugar de privilegio en el altar de sus más íntimas convicciones y creencias.

Hace 25 años, un 27 de mayo de 1992, Rafael González «Chiquilín» tomó la alternativa en el Coso de los Califas, en su Córdoba natal, con el firme propósito de convertirse en una figura del toreo y con el apoyo incondicional de una ciudad conocedora de sus inmensas cualidades para alcanzar el estrellato en el olimpo de los más grandes.

Aquella tarde, el diesto se doctoró de manos, nada menos que de Curro Romero, El Faraón de Camas, siendo testigo el desaparecido Julio Aparicio, para lidiar reses de Jandilla y certificar ante su público, a pesar de resultar herido, con la oreja que cortó a «Canalla», su incuestionable potencial basado en su maestría con la mano izquierda, sus interminables pases de pecho, su toreo serio y de gran pureza y una verticalidad que recordaba otros tiempos y a otros matadores, acaso por estar emparentado con «Lagartijo» y «Manolete» cuyo centenario se celebra precisamente este año.

Y precisamente como «Manolete», la vinculación de «Chiquilín» con la religiosidad popular cordobesa, en concreto con la Hermandad de Jesús Caído, ha sido una constante a lo largo de toda su vida. Buena muestra de ello es que el día más importante hasta aquel entonces de su carrera, se encomendó al Rey de San Cayetano, al Dios de los toreros, ya que Rafael González, lució en aquel histórico paseíllo un capote de paseo recibido días antes de esta cita de manos de la Hermandad del Caído en el que figuraba la imagen del titular de San Cayetano. Tal vez la mano del Caído brindara su protección a Chiquilín en aquella tarde histórica. Lo que es una certeza indiscutible es que su luz le ha seguido acompañando en todos los pasos de su vida.