Miles son los gestos que conjugan la estrecha vinculación que a lo largo de los tiempos han creado una simbiosis perfecta entre la tauromaquia y la religiosidad popular que se alimenta con múltiples recuerdos que se erigen en las cuentas de ese rosario perpetuo que atesora el devocionario íntimo del creyente.
Sobradamente conocida es la profunda veneración que Juan Serrano, «Finito de Córdoba» profesa por la Virgen de los Dolores, evidenciada en una incesante multiplicidad de detalles que han cuajado su trayectoria y dan fe de su amor incondicional a la Reina de los Servitas. Decenas de imágenes atestiguan está relación como la que muestra al diestro cordobés implorando amparo ante el retablo cerámico de la Señora de Córdoba antes de enfrentarse al mayor de los desafíos, por obra y gracia del arte supremo.
Otra de esas fotografias para el recuerdo, que son prueba inequívoca de que es la Reina de San Jacinto Aquella a la que Juan Serrano invoca en tan elevado trance, ha sido compartida minutos antes de dar comienzo su presencia en la Plaza de los Califas por la Hermandad de Los Dolores, que muestra al maestro enfundado en un capote de paseo con la imagen bordada de la Virgen acompañada del mensaje «deseamos una gran tarde de toros a nuestro hermano. Que Nuestra Madre guíe los vuelos de tu capote y siempre te proteja». Con total seguridad así ha sido y Ella ha estado a su lado, ocupando como siempre un lugar preeminente en sus pensamientos en el momento en que el hombre se enfrenta a la muerte.





