Dicen que ser costalero es un sentir especial que sólo sienten quienes tienen el privilegio de ser los pies de Jesús y su Bendita Madre. Hace unos días recuperé la foto que ilustra este artículo de opinión y que siempre me llenó de orgullo y de gran sentimiento. Un sentimiento que sólo pude sentir en ese mágico primer Viernes de Cuaresma de ese año. Esta foto revivió en mí emociones magníficas y algunas agridulces vividas en mi ciudad.
Hace unos días leí la noticia del fallecimiento del Hermano Mayor que dio el paso a las mujeres en la Hermandad del Valle, un paso significativo en esa Corporación y que le brindó plenos derechos a las hermanas.
La foto muestra la primera vez que sentí en mis hombros una parihuela. La primera vez que sentí el olor de la madera tan cerca… Después vinieron algunas más, cada una con compañeras y compañeros diferentes, pero todos nosotros con esa devoción que no se puede escribir en un papel. Allí estábamos armaos, costaleros, jóvenes, personas mayores… Cada uno con sus cosas y peculiaridades, pero un sólo sentimiento, la Esperanza.
Vinieron otras veces donde me vi rodeada de cal y que dejaron en mí un amargo sabor de boca por todo lo que se escuchaba alrededor. Los que decían ser tus amigos, tus hermanos te dejaban sola y eras víctima de comentarios más propios de siglos pasados. Víctima de unos comentarios de personas que se creen señores de un cortijo que cada vez, en mi opinión, da menos frutos o frutos podridos, porque no se cultivan bajo las enseñanzas del Evangelio.
Algunos que defendieron conmigo esa iniciativa que nos daba unos derechos no sólo a las hermanas, sino a cualquier devoto de Jesús, ahora siembran tempestades con huracanes; sin pensar que lo mismo que hicieron o hacen a los demás, en un futuro puede volverse en su contra o ser víctimas de las mismas alimañas mezquinas del presente.
Nadie, absolutamente nadie me puede quitar haber tenido el privilegio de ser los pies del Señor de la Sentencia y de haberme sentido una más dentro de su extensa nómina de hermanos, sin necesidad de pisotear a nadie y que nadie me preguntara nada para poder ser, por un rato, los pies del Señor.
Nota: al trasladar este artículo al soporte digital de Gente de Paz, Miguel Loreto ya descansa en la Esperanza eterna del encuentro con su Señor de la Sentencia. Vaya desde aquí mi recuerdo eterno para ese gitano que cantaba villancicos flamencos en el Bar Plata un día de diciembre cualquiera con hermanos suyos de la Hermandad.
Era un placer escucharte, lo sabes. Tu voz me recordaba a la de los viejos flamencos. A la de los canasteros de toda la vida. Tú sabes que siempre te recordaremos con esa voz quebrá delante del impresionante paso del Señor, ya cuando el sol ilumina de Esperanza su rostro y mandabas la levantá con la maestría de un torero (tú me entiendes).
Hasta pronto





