El dolor de María es dolor de Madre. Y ahí está Ella, al pié de la cruz, sumida entre lágrimas, enclaustrada en su infinito sufrimiento imposible de contabilizar con medidas humanas. Ella, la que te tuvo en sus brazos cuando llegaste al mundo, de la que aprendiste a caminar y a levantarte cuando la vida te golpeaba; la que te enseñó a vestirte, a leer y a cantar, a comprender el por qué de tantas cosas ordinarias… a vivir tu integridad, a soñar que puede modificarse el universo.
Ella, la que creyó en Ti desde mucho antes de que brotara tu semilla. La que confió en el anunciador de tu existencia y en el Dios que lo enviaba. La que te protegió entre sus brazos de la tormenta y el frío y consoló tu llanto en los desvelos de madrugada. Ella, la que fue elegida para ser maestra y Madre, la que nunca abandonó tu orilla cuando hasta los que te seguían por los caminos, se refugiaron de sus miedos en tu lejanía. La que te vuelve a tener en sus brazos, muerto por el horror del mundo. Con el alma arrancada de su corazón castigado.
Cómo imaginar el dolor de María inundada en la tragedia más dolorosa. Te arrancaron cruelmente de su jardín… y sus ojos enrojecidos recorren cada centímetro de tu cuerpo intentando inútilmente encontrar un atisbo de vida que le haga escapar de esta maldita locura… pero no hay salida para el callejón oscuro en el que se ha sumido su espíritu. Sólo la Fe que hasta se antoja insuficiente para comprender y abarcar la infinitud del suplicio. Quién pudiera ser pañuelo para enjugar tus lágrimas y calmar tu amargura, para cicatrizar tus Angustias y dar tregua a tu desconsuelo.
Dentro de unas horas, Córdoba enmudecerá para acoger en lo más hondo de sus entrañas a la joya más incalculable de cuantas componen el tesoro imperecedero de sus devociones más íntimas. La Virgen de las Angustias, que recorrerá los rincones de este valle de lágrimas para dar consuelo al alma herida de miles de devotos, vestida magistralmente por la mano de Manuel Jiménez, quien una vez ha logrado concebir un maravilloso conjunto de formas clásicas, con la cabeza estilo monjil y pecho a modo redondo, con tul de seda color blanco roto.
La Reina de San Agustín lleva una saya bordada sobre damasco que reutiliza parte de los bordados que se recuperaron del manto negro de 1816, bordado por Manuel Obiols, el fastuoso manto bordado en 1974 por las monjas del Colodro, Esclavas del Santísimo y la Inmaculada, con diseño de Manuel Mora Valle y, sobre sus sienes, la espectacular corona de Rafael Peidró.
Luce en el pecho cinco broches de oro blanco y brillantes, que han sido restaurados para ser colocados a modo de las lágrimas de la Virgen y su corazón de oro y un collar dispuesto como remate. Además, dispuesto de manera más intima, un querubín en la cinturilla, en memoria de un pequeño ángel que se encuentra al lado de la Madre de Dios, en el paraíso.
Completan el conjunto, una maravillosa mantilla de Bruselas, a modo de sudario para el Señor y, con motivo del reciente fallecimiento de María del Carmen Moya Montijano, Camarera Mayor de la Virgen, que desde la gloria estará siempre atenta para que todo esté dispuesto para mayor gloria y esplendor de Nuestra Señora, porta en la mano el velo que ella llevaba cuando acompañaba su caminar cada Jueves Santo. Un rosario de maravillosos detalles que, en virtud de la conjunto emanado del arte de Manuel Jiménez, propiciarán que todas las miradas queden embelesadas ante su presencia y generen una sincera y profunda oración.





