Núñez de Herrera creó otra forma de escribir de Semana Santa. Sí, de Semana Santa, no sobre la Semana Santa. Estamos acostumbrados a leer crónicas cofradieras que no salen de las mismas y aburridas líneas de siempre. La Virgen marcó una armoniosa chicotá en la entrada a la carrera oficial que los abonados respondieron con un caluroso aplauso, dejando la cofradía diez minutos de retraso. Este escritor no escribía de eso. Sus crónicas iban de «la viejecita que se ha hecho descalzar por el hijo que había estado muriéndose y ahora va tras el palio de la Virgen» o lo borrachos que veían la Semana Santa desde un rincón como «Beethoven sordo oía en los papeles de música el submundo de sus últimas sonatas».
En su libro ‘Teoría y Realidad de la Semana Santa’ estaba parte de la verdad de la Semana Santa. Porque la Semana Mayor no solo es una semana, como una cofradía no es solo el espacio que va desde la cruz de guía hasta la cola del manto de la Virgen. Es mucho más. Son vivencias, sonidos, olores. Realidades que están ahí y pasan desapercibidas.
Si hubiese vivido en estos tiempos seguro que escribiría igual que allá por los años treinta. De las mismas cosas y de cosas totalmente diferentes a la que ocurrían en sus tiempos. La Semana Santa es una fiesta viva y no para de evolucionar. Si él estuviera vivo seguro que contaría el relato de una noche de cuaresma del pasado año que en pocos días volverá a repetirse.
Estamos en la trastienda de las cofradías. Ni siquiera es cuaresma. El reloj marca las una de la madrugada ya pasadas. Es un día de entre semana. Hace frío. Todavía es invierno. Y en una plaza de Sevilla se encuentra una estructura de hierro con cuarenta y cinco hombres debajo de ella. Es muy tarde y en la plaza no hay nadie más que estos hombres y unos pocos más por fuera. De repente, por una de las calles que desembocan a esa plaza aparecen cinco jóvenes que tienen sobre veinticinco años de edad. Son extranjeras de pelo rubísimo y rompen el silencio de la madrugada con el traqueteo de sus maletas. Cuando los cuarenta y cinco hombres que están debajo de la estructura de hierro las ven, se ponen a jalearle a las muchachas.
Imaginarse la sensación de esas extranjeras al encontrarse tal espectáculo. Noche fría, de madrugada, no hay nadie en la calle y de pronto se encuentran con un numeroso grupo de hombres en tirantes y con unos gorros en la cabeza dentro de un desorden de palos de hierro y madera. Las jóvenes no entienden nada de español ni conocen las tradiciones de la ciudades, menos lo que pasa en la trastienda de esa Semana Grande. Estoy seguro que no daban lugar al entendimiento y la racionalidad. ¿Qué hubiera pasado si Núñez de Herrera estuviera allí y hubiese escrito sobre eso? Seguro que hubiera plasmado la Realidad de la Semana Santa que no es igual a la Teoría que nos enseñan.
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