Componente fundamental en cualquier corporación que se precie es sin duda el hermano. Y aunque en Cuaresma no hacen acto de presencia como debieran, —altares imponentes con una presencia escasa de miembros de una misma hermandad— nadie duda de que su figura es imprescindible para el mundo de la Semana Santa.
Sin embargo, nos encontramos con capítulos que tienen cierto sabor agridulce cuando se suceden momentos en las hermandades que necesitan de la presencia de los mismos y estos no están a la altura o al menos no como se esperaba. En las últimas semanas hemos vivido algunos capítulos importantes para varias corporaciones que nos llevan a preguntarnos si realmente los hermanos son conscientes de lo que significa serlo.
Se aprueba la restauración de los titulares de la Hermandad de la Amargura. La presencia de los hermanos no llega a ciento cincuenta. La corporación del Domingo de Ramos ronda los tres mil quinientos miembros. Citados para un cabildo trascendental sorprende que acuda tan solo un 4,2%. En una etapa en la que las Hermandades se afanan en tener un nutrido programa de actividades a lo largo del año más que variado —conciertos, conferencias, exposiciones— resulta incomprensible que en un importante cabildo el número sea el referido.
Vayamos a otro ejemplo. El pasado 20 de octubre la Hermandad de la Paz celebró rosario de la aurora con la imagen mariana. Las instantáneas que circulan por las redes sociales hablan por sí solas. El número de acompañantes no es el que debiera tener una imagen de tal arraigo entre los vecinos del Porvenir. Cierto es que los rosarios vespertinos acumulan un mayor número de público que los que se producen al amanecer pero, ¿dónde están los hermanos cuando se les necesita? Dos ejemplos en distinto horario con resultados que piden una reflexión. ¿Somos conscientes de lo que implica pertenecer a una Hermandad?





