Hace unos días, navegando por YouTube, topé con un vídeo de José María Zavala y de José Cabrera, periodista y psiquiatra forense respectivamente, en donde se trataban diversos temas de actualidad. Entre ellos, hablaron del sufrimiento y de la felicidad, para lo cual citaron una obra maestra de Víktor Frankl intitulada El hombre en busca de sentido. No diré nada de ella para que el lector pueda disfrutar íntegramente de su mensaje, aunque ya el título subraya la idea principal que viene a defender.
En efecto, el sentido de las cosas ha sido una cuestión reflexionada casi hasta la saciedad. Encontrar el porqué de lo malo supone un reto para el común de los mortales. Medimos la vida de forma injusta, pues damos mayor valor a los momentos malos que a los buenos, haciendo nuestro aquel verso de Jorque Manrique: «cualquier tiempo pasado fue mejor». La felicidad nos parece algo fugaz, demasiado tenue en comparación con los instantes desagradables que nos toca protagonizar, sobre todo si nuestra vida pende de un hilo.
Pero para el cristiano, que vive en la esperanza de una vida plena en Cristo, que entiende que en Cristo todo lo puede, los sufrimientos del presente se soportan de manera distinta. Ese es el sentido de nuestra existencia: ser uno con Jesús, que es el Camino, la Verdad y la Vida. Esta es la piedra angular del cristiano y la que le permite enfrentarse al día a día con una sonrisa en los labios. En estos tiempos convulsos, llenos de consumismo, desasosiego, relativismo moral e incertidumbre, nuestro sentido vital se sustenta en la esperanza otorgada por el Verbo Encarnado.
Con él logramos por fin alcanzar la perfecta alegría, que en palabras de san Francisco consiste en vencerse a uno mismo. Es decir, desterramos nuestros miedos, afrontamos nuestros problemas, perseguimos nuestra felicidad… Avanzamos por el mundo con un paso distinto, afianzado por la confianza en que, si Dios está con nosotros, nadie podrá estar contra nosotros. Valoramos la realidad en otros términos y pasamos por ella con otro criterio.
Debemos tener esto presente constantemente, más aún cuando nuestra sociedad parece decaer a nivel moral y espiritual. Nosotros, como seguidores de Cristo, tenemos una gran obligación adquirida: ser testimonios vivos del Evangelio, luz del mundo y sal de la tierra. Por tanto, ya que estamos en el mes de la esperanza, recordando y conmemorando el nacimiento del Verbo Divino en Belén, propongámonos buscar esa perfecta alegría que es el sentido de nuestra vida. El sufrimiento no es algo ajeno a nosotros mismos, pero tampoco ha de ser nuestro amo. Si realmente creemos que estamos llamados a algo superior, creámoslo de veras y vivámoslo con felicidad en el mundo no solo en estas fechas propicias, sino en cualquier tiempo y lugar.
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