Los orígenes de la Virgen del Carmen de Santa Catalina, con un paso desaparecido de Santa Teresa y los sones de la centuria de San Roque

En 1868 tuvo lugar la revolución de la Gloriosa, dando comienzo el Sexenio Democrático, que se extendería hasta 1874. Templos y conventos fueron cerrados al culto, perdiéndose algunos de ellos, pero no fueron los únicos edificios que sufrieron daños. La mayoría de las puertas de la ciudad también acabarían sucumbiendo.

Años antes, en 1865, comienza a florecer el deseo de dos feligreses de la collación de Santa Catalina llamados Juan Velasco y José Martínez. Se celebraba una misa en honor de Nuestra Señora del Carmen, por haber intercedido ante la epidemia de cólera morbo que asoló la ciudad. Para ello trasladaron un cuadro donde se representaba a la Virgen marinera. La devoción fue creciendo y al año siguiente ya se planteaba la idea de colocar un altar para rendirle culto.

Ese mismo año José Gutiérrez Cano comienza a ejecutar una escultura de Nuestra Señora, una imagen de vestir de 1,22 m de altura que destaca por sus rasgos aniñados. El 9 de octubre el cardenal de la Lastra y Cuesta otorga licencia para colocar el altar. El 27 del mismo mes se produce la llegada de la Virgen, que fue bendecida en el convento de las monjas carmelitas de la calle Santa Ana. Antes, las hermanas de la Santísima Trinidad se afanaron en vestirla y prepararla para una procesión que la llevó hasta su sede canónica acompañada por bandas de música y multitud de devotos. El Niño es obra de José Gutiérrez Cano, de 1871, costando la efigie del Divino Infante cien monedas de plata, según se recoge en los archivos de la corporación letífica.

Pero en 1868 la Junta revolucionaria incauta el templo y lo destina a almacén de maderas. Los hermanos decidieron trasladarla hasta la vecina iglesia de los Terceros, celebrándose una novena en su honor. Dos años más tarde, en 1870, se crea la primera junta de gobierno. El Sexenio Democrático termina con la vuelta de los Borbones a España. El 29 de diciembre de 1874 el general Martínez Campos se convierte en el artífice de un nuevo capítulo en la historia reciente de España. Con el pronunciamiento de Sagunto a favor de la restauración de la monarquía borbónica en la persona de Alfonso de Borbón se inicia el regreso de la monarquía exiliada.

Es entonces cuando las relaciones entre la hermandad y la Corona española se estrechan. En 1876 Isabel II es nombrada hermana mayor perpetua. Sus hijas serán consideradas protectoras perpetuas. La hermandad recibe el título de Real. De este mismo año se conserva además un breve de Pío IX por el que se concedieron indulgencias plenarias a quienes asistieran a sus cultos anuales. Por su parte, el rango de Ilustre lo consigue gracias a la infanta María Luisa Fernanda, duquesa de Montpensier, cuatro años más tarde. Entre 1880 y 1881 Patrocinio López realiza los bordados del manto, pasados modernamente a nueva tela de tisú por Dolores Pérez Tascone.

Los últimos años del siglo XIX revelan otro interesante dato. Por ejemplo, la petición que hacen los hermanos en 1888 durante un cabildo de carácter extraordinario para que se agregase una congregación que rendía culto a la Virgen del Carmen en la parroquia de San Gil para participar de las gracias y privilegios de la de Santa Catalina. Los datos, recogidos por el padre Ismael de Santa Teresita en una obra publicada a mediados del pasado siglo titulada Homenaje de Sevilla a la Virgen del Carmen en el séptimo centenario de su escapulario, revelarían que anterior a la fundación de la hermandad del Carmen de San Gil, producida en 1905, existía una asociación décadas atrás que podrían ser el germen embrionario de la que más tarde se fundó.  

Durante estos años la procesión se realizaba con dos pasos. En el primero de ellos se representaba a Santa Teresa de Jesús, mientras que en el segundo era la Virgen del Carmen con el Niño quienes se encontraban con los fieles de una collación que en julio vivía días grandes. Durante estos años la centuria romana de San Roque acompañaba musicalmente a los titulares, una formación que ponía los sones a la hermandad del Domingo de Ramos en los primeros años del siglo XX. Debió perderse el paso de la santa abulense antes de iniciar la nueva centuria. Por ejemplo, en 1901 se tienen datos de la procesión, celebrada el 21 de julio. El Santo Escapulario de María Santísima del Carmen recorría con su titular la plaza de los Terceros, Bustos Tavera, plaza de San Marcos, Socorro, plaza de San Román, Peñuelas, Doña María Coronel, Gerona, plaza de Jáuregui, Santiago, Cardenal Cervantes, plaza de San Leandro, Zamudio, plaza de San Ildefonso, Boteros, Alhóndiga y plaza de Santa Catalina.

La última década de la centuria decimonónica traerá consigo varias gracias para la corporación. En el mes de abril de 1894 un breve de León XIII recoge que el altar tenía carácter privilegiado para la celebración de las misas. Al no tener fondos para pagar la bula se le concedió por una sola vez. Ese mismo mes, el general de la Orden Carmelitana concedía al director espiritual del Carmen de Santa Catalina facultadas para poder bendecir e imponer el santo escapulario. Dos años más tarde, Marcelo Spínola era nombrado Hermano Mayor Honorario. Al 1900 llegaba el Carmen con un nuevo retablo. Pero sin duda, la noticia más esperada fue que la hermandad recibió definitivamente en propiedad la imagen de Nuestra Señora del Carmen.  

Virgen del Carmen de Santa Catalina. Foto: Hermandad