Cruz de guía | ¿La reminiscencia de la fotografía o la sublimidad de la pintura?

Ante todo quiero aclarar que esta es solo una muestra de la opinión de quién les escribe y firma este artículo.

En plena efervescencia artística, la que contempla el sinfín goteo de carteles oficiales de Semana Santa que navegan por la red, se me hace interesante dilucidar cuál es el formato de obra que más puede cumplir el objetivo para lo que fue creada. Este no es otro que atraer la atención del máximo número posible de espectadores a través de la promoción de la Semana Mayor y la necesidad de crear tendencia de cara hacerse notar en el luminoso claustro de las pinacotecas.

Hoy día son muchas las técnicas que se usan para crear un cartel de Semana Santa. El componente digital ha abierto la veda a un nuevo mundo por explorar, que necesita de los viejos estilos para crear un conjunto nuevo que actualice la visión de la Semana de Pasión y su forma de anunciarla.

Las técnicas fotográficas siempre fueron el culmen de la plasmación de la realidad enfocada en la captura de un instante que se congela en el tiempo, enmarcado por las cuatro esquinas que delimitan una obra. Su cometido trata de reflejar la belleza a través del objetivo y la impresión que causa es instantánea, la reencarnación de un sentimiento que infunde el recuerdo en el corazón de quien observa la escena. Una dimensión imperceptible que capta el momento justo de la espalda de un Cristo o la candelería encendida de un palio iluminando la tez morena de la Madre de Dios. Los hay que prefieren el desenfoque de la multitud y el surgimiento de un paso en el punto de fuga. Para gustos colores. Sin embargo, entra en escena, también, el contexto en el que está tomada la instantánea. Y es que el ecosistema que rodea a la imagen central puede actuar en detrimento de la misma si no es de una lindeza como mínimo de igual calibre.

No obstante, la belleza que desprende la fotografía choca de frente con los límites de la razón y el realismo. Esa representación de la realidad es incapaz de alcanzar la estela que deja a su paso la aeronave de la imaginación. Ahí es cuando entra en juega la obra pictórica.

El poder de la pintura nos permite idear imágenes inéditas y enfocar nuestro cometido en provocar la conmoción de una forma más artificial, sobre todo si se trata de un conglomerado de representaciones de elemento propios de la Semana Santa engarzados y contrapuestos a lo largo y ancho de la obra. Las pinturas más clásicas de la Semana Santa promueven la identificación del cofrade con los símbolos de la Semana Santa, hacemos más hincapié en los detalles, en las formas y en los colores. La obra pictórica nos proporciona la flexibilidad de reunir momentos de la Semana de Pasión en una sola obra y de crear escenas inéditas y ficticias en contraposición de la instantánea.

Pero, ¿cuál sería mejor para representar el cartel de la Semana Santa?. Quizás nadie esté preparado para responder esta cuestión. La gran mayoría de las ciudades han obviado la capacidad fotográfica de un cartel apostando por obras de carácter iconográfico que representen un escalón superior en la capacidad de escenificar lo imposible. Como está escrito anteriormente, la flexibilidad de la pintura concede un punto a favor a la cartelería que opta por este estilo al poner de manifiesto un mundo de posibilidades que los límites de la fotografía no pueden sobrepasar.

No obstante, la fotografía continúa siendo bastión en muchos lugares que se mantienen firmes en la creencia de que la mejor manera de anunciar la Semana Santa es la representación realista de la captura de un momento concreto.

Pero lo dicho, para gustos colores…