Como es sabido, fue el poeta español Jorge Manrique (1440 – 1479) quien acuñó la célebre frase «cualquier tiempo pasado / fue mejor» inserta en su poema titulado “Coplas a la muerte de su padre”. Hace algún tiempo me preguntaban en una entrevista si la Semana Santa tiene, para los cofrades más veteranos, una fuerte componente nostálgica. Como dejé patente en mi pregón de Semana Santa, el pasado, vivido con añoranza, siempre está presente. Yo hablaba del retorno al lugar donde me encuentro con mis fantasmas del pasado, que todos los años acuden fieles a la cita con la nostalgia, en ese rincón de esta vieja Córdoba que sólo es mío, porque en él vivo en permanente plenitud de vida y amor. Sin embargo, esto no significa que me halle anclado a aquel pasado, que piense que los cambios experimentados por nuestra Semana Santa la perjudican, aunque hay de todo, ni siquiera estoy de acuerdo con Jorge Manrique, porque la recreación que hace nuestra cabeza del pasado, siempre es mejor de lo que fue en realidad. Por eso, si en nuestro día a día como cofrades no existiera la ilusión, el deseo de profundizar, mejorar y avanzar, tanto en los aspectos puramente patrimoniales, como en los espirituales, esenciales para nuestra vida de cristianos y hermanos comprometidos, todo esto no tendría ni interés ni valor, porque entonces la Semana Santa sería, válgame el símil, como el día de la marmota, quieta, inamovible y anclada en parámetros completamente ajenos a nuestra realidad diaria y, si en algo tenemos que distinguirnos los cofrades es en nuestra atención e interés por los signos de los tiempos, siempre cambiantes y proponiendo nuevos retos a los que hemos de dar, oportuna respuesta. Cada hermandad con su vocación particular, pero siempre atentas a las necesidades de la sociedad donde están insertas, porque ahí está la raíz de todo. Las primeras cofradías surgieron para dar respuesta a las necesidades de su momento histórico: hambrunas, socorros mutuos, enterramiento de hermanos… Nosotros vivimos otros tiempos, pero siempre tendremos retos que afrontar, de ahí la importancia de la labor social de nuestras hermandades y cofradías. En la actualidad vivimos en un mundo en el que la palabra, no la actitud, “solidaridad” ocupa un lugar privilegiado. Todo el mundo habla de solidaridad para con los más desfavorecidos y todos tenemos maravillosas soluciones para solventar, de un plumazo, los problemas del mundo en caso de que mandásemos… ¡Claro! Por supuesto, siempre estamos dispuestos y activos para exigir y demandar solidaridad para con nosotros, cuando las cosas no nos van como quisiéramos o nos sentimos pisoteados de alguna manera, pero -me pregunto-: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a ser solidarios con el prójimo? ¿Cuál es nuestra excusa para justificar actitudes de pasividad cuando no de manifiesta insolidaridad? ¿Somos los cofrades especialmente sensibles a los problemas de los más desfavorecidos? ¿Qué hacemos al respecto? ¿No deberíamos estar a la vanguardia en la lucha contra la pobreza, entendida ésta en el sentido más amplio? Y sobre todo ¿Qué podemos hacer tanto desde el plano individual, como desde el punto de vista colectivo, como integrantes de una hermandad?

A esta serie de preguntas el Evangelio responde con rotundidad, con claridad meridiana. Todos los que nos autodenominamos cristianos tenemos la obligación de tomar partido, sin ningún tipo de reservas, a favor de los más desfavorecidos porque, como afirma San Pablo, “si no tengo caridad, no soy nada…” (Corintios 13,2). Mientras que Marcos (25,34-36) es contundente al describir el juicio final: “…Venid, benditos de mi Padre […] Porque tuve hambre y me disteis de comer…”. El pasaje no deja lugar a dudas.
A la vista de esta doctrina, a mí, como cofrade de a pie, no me importan las causas y no voy a entrar en análisis, más o menos teóricos, sobre el origen de la pobreza y la marginación, el mismo Jesús advirtió que siempre habría pobres a los que socorrer (Mc. 14:3-9). A mí lo que me interesa, es que podamos dar cumplida satisfacción a cuantas demandas se nos planteen día a día porque, como dice la sabiduría popular, obras son amores. También es verdad que la labor social que desarrollan las cofradías, tanto a nivel particular, como colectivo, no es desdeñable en términos económicos, aunque, bien es cierto, que la falta de publicidad al respecto hace que este pilar, básico para nuestras corporaciones, pase absolutamente desapercibido, incluso entre nosotros mismos, y es necesario actualizar aquello de que no se entere tu mano izquierda de lo que hace la derecha, porque es fundamental que nuestras hermandades sean fieles a sus raíces históricas, no para vivir ancladas en la nostalgia, sino para poder afrontar el futuro con solvencia.

Foto de portada: Miembros de la junta de gobierno de la Hermandad del Caído, repartiendo bocadillos a niños necesitados. A la derecha, con traje a rayas, aparece don Rafael Gálvez del Cerro, quien fuera hermano mayor de la Hermandad en varios mandatos, así como presidente de la Agrupación de Hermandades y Cofradías en los bienios 1956-58 y 1962-64. Archivo de Francisco Román Morales





