Estimado, amable y fiel lector, esta semana de maremágnum cofradiero nos leemos un poco más tarde, pero con la misma ilusión de siempre.
Por fin estamos acariciando con la yemas de los dedos los días grandes, aquellos que nos traspasarán el alma y se irán con la misma rapidez que el dinero de nuestra cuenta bancaria cuando cobramos la nómina.
Quiero agradecer ante todo al diario digital “El Español” que me ha puesto el artículo en bandeja como su interesante reportaje titulado “Los ateos de Sevilla que viven con pasión la Semana Santa: ‘No creo en la Iglesia ni en su palabra, pero creo en mi Virgen”.
No me negarán que la frase es lapidaria, con una certeza y precisión espeluznantes. A mí al menos me ha dejado descolocado.
Lo que leemos son palabras de una persona atea, o, dicho popularmente, que no cree en Dios. Sin embargo, este titular podría haber salido de la boca de muchos cofrades. ¿Por qué cuántos hermanos de las cofradías creen realmente en Dios? ¿Cuántos viven la hermandad todo el año? ¿Qué porcentaje acompaña cada Misa de Domingo a sus titulares? ¿Y en los cultos?
La Semana Santa es un océano independiente aún por descubrir. Tiene tantos afluentes, tantos retales detrás de ese gran telón de fondo que jamás terminaremos de desentrañarlos.
Pero la brecha entre el creyente y el cofrade es cada vez mayor. Las hermandades son, sin lugar a dudas, un puente hacia Dios. Pero la Iglesia se ha convertido, cada vez más, en un imán repelente de sus propios feligreses.
La consecuencia es que cada vez tenemos a más amantes de la tradición, del Gran Poder o la Esperanza de Triana y de las bandas o el incensario; y menos devotos de los sagrarios.
Ya lo proclamaba incluso el Cardenal Carlos Amigo en una entrevista: “La Semana Santa en Sevilla no se puede explicar, se siente”.
El prelado se refería a ese misterio que hay detrás de una hermandad, en la que un catedrático de física aparece más serio en la salida de su cofradía que en su propia cátedra.
Es algo que no se comprende ni tiene respuesta posible. Hay que vivirlo. Y solo así tiene algo de sentido que una persona que no siente nada al tener en frente a Jesús Sacramentado, sí se conmueve al ver a un Cristo o una Virgen tallados en madera y revestidos de telas delicadas y bordados.
No hay duda que todo lo que vamos a vivir en los próximos siete días es un escaparate muy atractivo, lleno de todo cuanto podemos desear. Pero está en nuestra mano trascender la Semana Santa del ateo, vivirla con más chicha que el simple acervo cultural de ver pasos escuchando la radio y comiendo pipas en medio de una bulla.
Somos cristianos, y a pesar del corsé que todavía perdura en el clero, debemos vivir la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor como lo es, nuestro momento cumbre interior, y el encuentro pleno con ese Dios al que todos, ateos y creyentes, rezamos desesperados en los momentos de zozobra de la vida, esos que tan a menudo nos toca lidiar.
Tenemos la suerte de contar con una imaginería excelsa, con los mejores floristas, orfebres, cereros y bordadores del mundo. Pero sin el trabajo interior, sin nuestra oración continua, todo se difumina. Es tiempo de pararnos, guardar silencio y escuchar al Señor, que seguramente tenga mucho y bueno que contarnos.
Le deseo, amado lector, que pase una buena Semana Santa.
Foto: El Confidencial





