Hubo un tiempo en el que El Llamador era un programa sobre cofradías donde uno podía sentir la Semana Santa más cerca cuando se aproximaba la Cuaresma. Personalmente dejé de escucharlo cuando quien suscribe, periodista con título, comenzó a ver aquellos movimientos que uno aprende durante la carrera y que le hacen ver que se acaba tergiversando la información con fines muy distintos a los que deberían ser pilares de un periodismo objetivo y veraz.
Es bien conocida entre la sociedad cofradiera la poca simpatía que bandas llegadas desde el exterior –de Andalucía, no vayan a pensarse que son de Montana– le hacen al señor López de Paz. De él conocemos su visión con respecto al nazareno, auténtico corazón de la Semana Santa, y cuyas opiniones comparten curiosamente algunos colaboradores, como Manuel Luna, quien se encarga de verter las mismas percepciones en una conocida web de temática cofradiera, llevando a más público una misma idea.
Me sorprende que después de años del desembarco de formaciones musicales llegadas desde otros puntos de Andalucía el periodista más conocido del programa radiofónico prosiga con la misma cantaleta. El martes sintonicé después de años El Llamador. No supe adivinar si era martes, octubre o 2019.
Antes, cuando se vertía una opinión ni existían las redes ni tanta gente tenía acceso a Internet para poder expresar sus ideas. Al repetir la misma visión tal periodista comprobamos que la influencia de un programa radiofónico no es ya la misma. No puede negarse que fueron creadores de un estilo –aunque ello no significa que sea bueno–, pero cuando disparó contra las bandas arreció el temporal y aparecieron voces discordantes que no entendían qué problema hay en querer que las mejores de Andalucía vengan a Sevilla. Ahí tenemos a Pasión de Linares o Rosario de Cádiz. Antes, sus opiniones no eran tan debatidas, a pesar de que los oyentes decaen, como sucede con lectores o los telespectadores.
Cuando sintonicé el programa, se informaba de que las bandas de música encargaban los mantolines de las cornetas a empresas que hacen bordados a máquina, pero que una de las casas de bordado de Pakistán exhibe como hechos por ellos los mantolines de Rosario de Cádiz y una bocina de San Gonzalo. Y especifica que esta última sí se hizo en Sevilla, pero no aclara sobre los mantolines de Rosario de Cádiz cuál es su origen. Una referencia mínima en el programa que despertó la curiosidad en mí, lo que me hizo sintonizar con el dial el miércoles.
Giro argumental –o plot twist para la generación Z–. Porque resulta que los mantolines de casi todas las bandas se bordan en talleres asiáticos. Y Juan Mi Vega argumenta que casi todas las bandas tienen sus mantolines de Oriente. Más de quinientos euros cuesta hacerlo en España y 70 más IVA en Pakistán. Pero, así como el martes López de Paz alzó la voz señalando a Rosario de Cádiz, el día después solo se afirma «la mayoría de las bandas». No se destaca a ninguna como sí se apuntó el día anterior a la formación gaditana. Y abierto el melón de que hay más bandas, solo se ofrece una mínima referencia, y se acaba sepultando el tema antes de entrar de lleno a desgranar cuáles son, cuánto se han ahorrado y qué opina al respecto, por ejemplo, la Asociación Gremial de Arte Sacro, con quien tiene enlace directo.
Es lo que posiblemente nos hubieran recomendado en Periodismo, dado que uno de los principios fundamentales del periodista es buscar la verdad y explicarla de forma clara al público. No quedarse en la superficie sino investigar a fondo, contrastar fuentes. Porque el periodista, si no llega al fondo de la cuestión, se enfrenta a que la información pueda ser inexacta o incompleta, a que se puedan reforzar prejuicios o manipulaciones y a que no termine cumpliendo su rol de servir a la sociedad. Algo así como si un médico mirara los síntomas y no buscara el verdadero origen de la enfermedad.





