Érase una vez un hombre pequeño, no por su estatura, sino por la menguada talla de su alma. Un ser que, encaramado en el pedestal que otros labraron con esfuerzo y nobleza, tomó la vara dorada del honor para blandirla como cetro de dominio, mientras empuñaba con la otra mano el látigo invisible de la soberbia. Este cuento, que por desgracia no es fábula ni invención, transcurre a la sombra de la Giralda, donde las piedras centenarias aún conservan el eco de nombres ilustres y el peso de una herencia que exige humildad y servicio.
Allí, en ese rincón sagrado de la cristiandad y la tradición, este personaje tornó el gobierno en desgobierno, la guía en imposición, el consejo en decreto. Quien debiera ser pastor, se convirtió en tirano. Quien fue llamado a ser hermano mayor, decidió ser juez, verdugo y carcelero de las conciencias.
Durante años, ha gobernado sin alma, tratando con altanería a quienes considera inferiores, aprovechándose de quienes, por necesidad o lealtad, siguen remando bajo su yugo. A su lado, la palabra se mide, el gesto se vigila, la verdad se oculta. Porque su poder no descansa en el respeto, sino en el miedo. Porque su autoridad no es virtud, sino chantaje.
Pretende controlarlo todo, dirigirlo todo, dominarlo todo. Pero esa obsesión solo revela su incapacidad. Porque quien necesita abarcarlo todo es, en realidad, un inútil incapaz de confiar, un cobarde que se esconde tras la fachada del mando absoluto. Y quien no tiene el valor de rodearse de personas con criterio, sino solo de aduladores, no es un dirigente: es un déspota acomplejado.
Cree que el cargo le hace invulnerable, que su voz es infalible, que su imagen es intocable. Se considera por encima de todos, como si hubiese sido ungido por alguna gracia especial. Pero no es más que un hombre banal con delirios de grandeza, un espíritu mediocre encaramado en el balcón de la vanidad.
Y yo sé, perfectamente, que estas palabras te llegarán. No, no voy a decir tu nombre. Todavía no. Pero estoy convencido de que te reconocerás en cada línea, porque aunque te rodees de incienso, la conciencia no se perfuma. Llegará el día —y no está lejos— en que el peso de tus actos y la dignidad de quienes te rodean te pondrán en tu sitio.
Porque si algo detesto con cada fibra de mi ser, es la vileza de un miserable que humilla a sus hermanos, un monigote que se acobarda ante los poderosos y se envalentona con los débiles. Y créeme: vas a desear no haberte cruzado en el camino de las personas normales. Porque el perdón, quizás, se conceda… pero la memoria no se difumina jamás. Y la justicia, tarde o temprano, siempre llega.





