Hay veces en que el silencio pesa más que la corneta. Y otras, en las que el ruido se disfraza de opinión para intentar imponer verdades que no lo son. En los últimos días, han surgido voces —con más ansia de repercusión que de rigor— que han vuelto a poner en el punto de mira a la Banda de la Redención. No por su música. No por su historia. Sino por un interés constante en desacreditar lo que no encaja en su visión estrecha de la Semana Santa.
Resulta curioso cómo, mientras Sevilla sigue viviendo de forma intensa su pulso cofrade, algunos insisten en repartir carnés de pureza musical desde púlpitos disfrazados de análisis. Y lo hacen sin conocer el compás profundo de esta ciudad, ese que no se escucha, pero que se siente en cada paso, en cada chicotá, en cada lágrima que cae al son de una marcha.
Redención no atraviesa su momento más sencillo. Eso es un hecho, no una opinión. Pero de ahí a pisotear su legado, su estilo y su lugar en la historia de nuestra Semana Santa hay un abismo. Un abismo que solo salta quien confunde la crítica con el escarnio, la música con el espectáculo, el respeto con la arrogancia.
La Banda de la Redención ha marcado generaciones. Ha construido una sonoridad propia. Ha caminado detrás de titulares imponentes. Ha llenado plazas y callejones de emoción sin pedir nada a cambio. Y sí, también ha sabido asumir los baches con dignidad, sin responder a provocaciones ni entrar en guerras absurdas que solo buscan un poco de eco.
El problema no es la música. Ni siquiera los contratos. El problema es la falta de memoria. Esa que olvida que una banda no se mide solo por el número de actuaciones, sino por su huella en la ciudad. Y en eso, Redención sigue teniendo un sitio que ni el tiempo ni el oportunismo podrán borrar.
Los que hoy se apresuran a firmar su acta de defunción se olvidan de que en Sevilla, cuando algo es de verdad, siempre vuelve. Y Redención lo es. Lo ha sido. Y lo será. Aunque les pese.
Porque aquí seguimos, a paso mudá. Mientras otros, entre tanto golpe de pecho y tanto altavoz, siguen donde siempre han estado: en el suelo de los mentideros.





