Hay verdades que pesan como losas en el mundo de las hermandades, y una de ellas tiene nombre propio: José Antonio Fernández Cabrero. Tres veces se ha sometido al veredicto de las urnas en la Hermandad de la Macarena, y en las tres ha salido vencedor. Esa sucesión de triunfos, incontestable y meridiana, es quizá la espina que sus detractores no consiguen arrancarse. Su mandato, que agotará en apenas unos meses, dejará tras de sí un legado tan indiscutible como poliédrico: éxitos rotundos -que ahora algunos pretenden ignorar-, errores notorios y, sobre todo, una voluntad firme de asumir responsabilidades, aunque estas resultasen incómodas.
Durante su gobierno, Fernández Cabrero ha reforzado la ingente obra social de la corporación, ha logrado reducir la duración de la estación de penitencia, ha incrementado el acervo patrimonial de la corporación y ha defendido con ahínco a su cuerpo de nazarenos, resistiendo los embates del Consejo y de cierta prensa empeñada en recortar su número, olvidando que sin nazarenos todo carecería de sentido. Esa negativa a ceder ante presiones externas, que tiene mucha culpa del odio que despierta en personajes y personajillos, forma parte de su carácter, el mismo que lo llevó a no doblegarse frente a críticas por cuestiones como la polémica con la figura del vestidor, la elección de algunos cartelistas con resultados infames o la controvertida gestión de la restauración de la Esperanza Macarena, asunto que hoy monopoliza las conversaciones cofrades.
Otro de los capítulos más controvertidos de su mandato fue la exhumación de los restos de Queipo de Llano, una decisión que le granjeó críticas de quienes le acusaron de plegarse al Gobierno de Pedro Sánchez. Sin embargo, la realidad es que su actuación respondió estrictamente al cumplimiento de la ley, con el propósito de evitar a la Hermandad un perjuicio de consecuencias imprevisibles. Y cabe subrayar que la operación se llevó a cabo sin la antelación suficiente como para que el Ejecutivo la convirtiera en un espectáculo mediático similar al vivido en el Valle de los Caídos, lo que provocó cierto malestar en el Gobierno, aunque esa misma prudencia libró a la corporación de un conflicto mucho mayor, un detalle que sus detractores también parecen olvidar.
Las urnas han sido su escenario natural. En noviembre de 2017, obtuvo 2.058 votos frente a los 1.732 de Santiago Álvarez, sobre 3.839 sufragios emitidos, con 35 en blanco y 14 nulos. Aquel primer triunfo llegaba con una advertencia: no habría salida extraordinaria de la Virgen solo por conmemorarse el 425.º aniversario fundacional. Y pese a ello, ganó. Cuatro años más tarde, en noviembre de 2021, repetiría victoria con 2.390 apoyos, frente a los 1.249 de la candidatura de Álvarez, con 56 en blanco y 9 nulos sobre un total de 3.704 votos, a pesar de la miserable y vergonzosa campaña orquestada desde determinados foros, que trataron sin éxito de minar su reputación y fulminar su proyecto. Y pese a ello, volvió a ganar. Aquella victoria, teñida de dignidad frente al ruido, dejó claro que la mayoría de hermanos sabía distinguir entre el debate legítimo y la estrategia del descrédito. Y el pasado martes, en el cabildo sobre la restauración de la Esperanza, su posición volvió a imponerse: 998 votos a favor, 458 en contra, 13 en blanco y 6 nulos. La decisión quedó clara: la imagen será restaurada. Ni a la tercera pudieron con él.
Mientras tanto, en la acera opuesta se consumen los derrotados de siempre, quienes intentaron transformar un cabildo para recuperar a la dolorosa tras una restauración fallida en un plebiscito contra él. Entre rumores y medias verdades, vieron cómo la mayoría de hermanos optaba por lo esencial: recuperar a la Virgen. Los que ansiaban verlo caer deberán esperar a que culmine su mandato y finalice la labor emprendida, incluida la derivada de la intervención errada que obligó a tomar medidas inmediatas.
Fernández Cabrero, fiel a su carácter, rehuyó la salida por la puerta de atrás. No estaba dispuesto a renunciar sin devolver la dignidad plena a la Esperanza. Su personalidad, incómoda para unos e irritante para otros, se impuso a cualquier cálculo político. Lo resumió con claridad durante el cabildo: “Nos declaramos responsables de lo ocurrido. La dignidad empieza donde termina la responsabilidad”. Esa declaración implica, en su concepción, afrontar los problemas en lugar de huir, resolverlos y cerrar el ciclo con la frente alta. Lo contrario, viene a decir, es terreno de cobardes y de quienes agitan hilos desde las sombras.
Moleste a quien moleste, la realidad es tozuda: Cabrero ha vuelto a ganar. Tres de tres. Y quienes dedican su tiempo a rabiar, insultar o propagar falsedades deberán aceptar que, en esta ocasión, la victoria no era personal ni política. Lo que estaba en juego era la recuperación de la Virgen de la Esperanza, y esa mayoría de hermanos lo entendió con nitidez. Porque como dije hace apenas unas horas cuando gana la Virgen, ganan todos… que nadie lo olvide. Tiempo habrá de urnas y elecciones sin él, para que los hermanos escojan al nuevo capitán y para que quienes han vuelto a perder sigan ladrando pese a que su camino concluirá con un resultado impoluto en las urnas y, por encima de todo, con la dignidad intacta y la Esperanza recuperada, le pese a quien le pese.





