Al borde de un pequeño barranco pestilente y vomitivo, porque el fondo estaba sembrado de inmundicias y despojos de todo tipo, junto a un escuálido y retorcido olivo en el que había colocado una soga con un nudo corredizo al final, el esparto ya rodea su cuello acariciando su piel cetrina, acartonada y curtida por los vientos del desierto galileo, como si fuera una serpiente que está a punto de contraer sus costillas para acabar con la vida de su presa.
Su vida había carecido de sentido hasta que un tal Jesús, llenó su cabeza, pero sobre todo su corazón, de palabras cargadas de libertad, de amor, de esperanza, de futuro… de vida eterna. Aquel mensaje venido de uno del pueblo, un judío como él, el hijo de un simple carpintero, había provocado un auténtico tsunami en todo su ser, pues hasta entonces, su vida había discurrido entre la miseria moral y la indigencia material más absoluta. Algún trabajo esporádico como jornalero y poco más. Era un donnadie en el sentido más estricto de la expresión, pero este Galileo, por primera y única vez en su vida, lo había hecho sentirse único, irrepetible, imprescindible, en una palabra, ¡importante! Lo había elegido para formar parte del núcleo duro de sus seguidores, de sus miles de discípulos y él era uno de los doce, además, el que se encargaba de custodiar el dinero, lo cual le había provocado no pocos quebraderos de cabeza, porque algunos de sus compañeros pensaban mal de él y consideraban que sisaba de la bolsa destinada a los más pobres, por lo que en los últimos tiempos se había vuelto un tanto retraído, desconfiado y receloso, incluso hasta con el Maestro, al que había comenzado a cuestionar, pues no acababa de entender el mensaje que proponía superar la ley del talión. Donde las dan las toman, esa era la ley mosaica y no comprendía por qué tenía que cambiar, era absurdo. Así habían pasado sus últimos meses y, al final, había tomado una decisión trascendental que lo había llevado al límite. A la hora crítica, definitiva, crucial. En estos momentos, su cabeza hierve como un caldero a punto de explotar: luces y sombras, rostros monstruosos, gritos, figuras amenazantes que se retuercen y se desvanecen, frío y calor, todo se sucede con velocidad de vértigo. La sangre y la adrenalina se mezclan en un cóctel que arrebata la conciencia y satura las arterias hasta el límite del colapso. Quiere arrancarse la piel a jirones para desprenderse de cualquier adherencia que recuerde su pasado inmediato. ¡Hice lo que debía! ¡Hice lo que debía! ¡Sólo cumplí con mi deber de ciudadano y hombre de fe! -se repite casi de forma espasmódica-. ¡Qué loco estuve! ¿Cómo no me di cuenta antes? ¿Cómo no supe ver que sólo era un vendido y un cobarde? -se reprocha con vehemencia-. Pero, pero… -las ideas y las palabras lo asaltan a borbotones-. ¡¿Cómo se puede tener la osadía de decir que hay que entregar al César lo que le corresponda?! ¡Eso es colaboracionismo y traición! ¡Colaboracionismo! ¡Sí!, con quienes oprimen al pueblo y apostasía contra Dios y su Ley: ¡“Amarás a Dios sobre todas las cosas…”! ¡Eso dice Moisés y eso nos lo repitió Él hasta el hartazgo! Y cuando se veía en una situación comprometida, se desvanecía como el viento, se disolvía como la espuma del mar… y se iba a rezar ¡así lo arreglaba todo! ¡Como si los problemas que padece nuestro pueblo se solucionaran con rezos y no plantando cara a los romanos!

El mensaje del que, hasta hacía pocas horas había sido su amigo, probablemente su mejor y único amigo, martillea su mente y su corazón intentando justificarse desesperadamente: ¡Era suicida y conducía al pueblo directamente al abismo! ¡La represión podría haber sido brutal y despiadada! Con la que está cayendo, ¿¡a quién se le ocurre prometer el reino de los cielos, a una pandilla de vagos desarrapados, a las prostitutas, a los publicanos!? ¿¡Qué pasa con los que permanecemos fieles al mensaje de Dios y el Templo!? ¿De qué va? ¿Qué pretende, que reine la anarquía? ¿Eso es lo que quiere? ¿Que nos comamos los unos a los otros? ¡Un poco de cordura, por Dios! ¡Ah! ¿Y lo de los pacíficos…? ¡Cobardes! ¡Eso es lo que son, un atajo de cobardes que adornan con palabrería su canguelo, incapaces de enfrentarse al poderío de Roma!

Foto: PacoRomán
La falta de complicidad de su conciencia hace que aquellos razonamientos, concienzudos y argumentalmente casi perfectos, lo acerquen a pasos agigantados hacia el borde de su propio infierno. Siente sobre sí, como grabado a sangre y fuego, el estigma de la ingratitud, la vileza y la deslealtad: ¡Si Tú -grita con desesperación a los cuatro vientos y a todo aquel que esté dispuesto a ofrecerle un poco de calor humano- me has designado para interpretar el papel de traidor universal, y ni siquiera me has dado la oportunidad de elegir mi propio camino! ¿Por qué me atormentas ahora? ¡Él me prometió los misterios del Reino! ¿Y… qué ha hecho? ¿Quién ha traicionado a quién? ¡Eh…! ¡responde! ¡No me queda tiempo! ¡Mi representación ha concluido y quiero conocer tu veredicto! ¡Contesta, Dios, contesta! ¡Me has utilizado como instrumento de tu obra y ahora me dejas sólo y abandonado! ¡Además… yo no quería…! ¡Yo no quería este fin, sólo que… ellos también me engañaron! Los sumos sacerdotes y el Sanedrín me dijeron, me aseguraron, que sólo le iban a dar un escarmiento, que lo iban a asustar y que luego lo dejarían libre, después de haberlo puesto frente a sus contradicciones y sus miedos, ¡pero no! Yo no sabía que sus intenciones eran entregarlo a los romanos para ejecutarlo. ¡Yo no lo sabía! ¡No lo sabía! ¡Tienes que creerme, por compasión!
Presa del miedo, asaltado y asaeteado por los demonios que han atormentado y siguen abrumando su miserable, vil y mezquina existencia, muy especialmente en estas últimas horas aciagas, funestas y luctuosas; con su mente cegada por las dudas, la ira y el remordimiento… al cabo, su pie resbala, manotea desesperadamente como queriendo agarrarse a un último hálito de vida, el dogal que le rodea el cuello se cierra bruscamente, le da su abrazo cruel, terminal y asesino. Un crujido seco. Un ligero pataleo. La última bocanada de vida… Ya no hay esperanza. Ya solo queda… silencio… ¡Muerte! Y una mueca mezcla de sorpresa, ira, arrepentimiento y, sobre todo, miedo.
Foto portada: Primer plano de la imagen de Judas, labrada por Miguel Ángel González Jurado para el misterio de la Hermandad de la Sagrada Cena. PacoRomán





