Hay ocasiones en que uno se encuentra frente a figuras que parecen vivir en una especie de universo paralelo, un espacio donde el brillo del protagonismo se disfruta sin la más mínima conciencia de que la notoriedad acarrea también la obligación inevitable de la crítica. Y es precisamente de esto de lo que vamos a hablar, con una mezcla de hastío y socarronería: de aquel personaje del ámbito cofrade que ha decidido erigirse en víctima perpetua de su propia visibilidad, en mártir voluntario de un escenario que él mismo ha elegido.
Porque convengamos, no hay mayor ingenuidad que quejarse de las consecuencias de ser un personaje público. En la vida de la cofradía, y muy especialmente en el ámbito en que Gente de Paz ejerce su labor, todo capataz, músico, artista, hermano mayor, presidente, diputado mayor de gobierno, político o cualquier otra posición de notoriedad se encuentra inevitablemente expuesto al escrutinio y al juicio crítico, tanto de la prensa especializada como de la opinión formada de la comunidad. Quien se sienta incapaz de soportar una crítica legítima, no tiene más alternativa que abandonar la escena pública y retirarse a la sombra, lejos del oropel, los focos y el aplauso efímero.
Y sin embargo, de cuando en cuando, tenemos que soportar la reacción de ciertos personajes ante lo que, para cualquier observador medianamente sensato, constituye la crítica más elemental. No un ataque personal, ni un juicio moral absoluto, sino una opinión subjetiva sobre su labor, un comentario sobre su desempeño, algo que se da por hecho que forma parte de la vida de todo aquel que elige ocupar un espacio público. Que no se puede gustar a todo el mundo, vaya. La respuesta de estos sujetos, como cabría esperar, suele ser beligerancia iracunda, desdén y un barniz de indignación dramática, como si la crítica fuese un insulto a su propia existencia.
Pero la realidad es tozuda y no entiende de sentimientos delicados ni de sensibilidades a flor de piel: si quieres los focos y el brillo, si te gusta el aplauso cuando lo haces bien, también debes aceptar, con la misma entereza, la crítica cuando no cumples las expectativas. Quien no esté dispuesto a soportar la exposición, a escuchar la opinión ajena, a ser sometido al juicio de quienes forman la comunidad cofrade, debería cambiar de actividad y dedicarse a algo más íntimo, discreto y privado: contabilidad, jardinería, sepultura… cualquier tarea que no implique aparecer en la arena pública donde, inevitablemente, se juzga y se evalúa.
Y, por si quedase alguna duda, lo diré aún más clarito: ¿«Yo no quiero salir en Gente de Paz, lo he dicho siempre»? Pues bien, te aguantas. Lo repito con todas las letras: TE AGUANTAS. Si alguien elige vivir a la luz pública, no puede aspirar a protegerse del reflejo de esa luz ni de la sombra inevitable de la crítica. No existe la exclusión selectiva; no hay una burbuja donde solo entren los aplausos y se filtren los juicios incómodos. Es parte del trato, implícito e ineludible, de asumir un rol público. Y mucho menos si uno juega a postularse, sólo o en compañía de otros, en casi todas las quinielas.
Que le quede meridianamente claro a todos aquellos que fantasean con el estatus y la fama cofrade: la notoriedad conlleva responsabilidad y exposición, no un pacto de impunidad frente a la opinión ajena. También a quienes escribimos en este pequeño rincón de libertad, por supuesto. Si los halagos son dulces, las críticas son amargas, pero ambas forman parte del mismo banquete. Quien no lo acepte, sencillamente, que se retire del escenario y deje la carga del cirineo a quien esté dispuesto a soportarlo. Porque aquí, en Gente de Paz, no celebramos la delicadeza hipócrita ni los caprichos de la sensibilidad frágil: celebramos la verdad, aunque pique, aunque incomode y aunque haga saltar la ira de los que creen que la fama los protege del juicio ajeno.
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