A pesar de mi galopante vejez, hoy por la noche, mucho más temprano de lo habitual, me he levantado y he ido corriendo al salón de casa. Allí, junto al portal de Belén, descansaban cajas envueltas en vivos papeles de colores y, en cada una de ellas, cerca de una de sus esquinas, con letra conocida, aparecía el nombre del destinatario. Así fui apartando cada una y dejando a un lado las que anotaban en su ángulo “Antonio”.
Terminada la operación, tenía a un lado tres lindas cajas, todas con magnífico lazo. Al mirarlas, admiré el trabajo de Sus Majestades en la forma de presentar los regalos y, al mismo tiempo, hice examen de conciencia para verificar si este año había sido bueno, siempre en la medida más o menos correcta de la palabra “bueno”.
El análisis de mi comportamiento no me aseguró que hubiese sido bueno; más bien regular, e incluso en algunos casos llegué a ser “malo”. Así que, con esa duda rondando mi cabeza, tomé la primera de las cajas, desaté el lazo, rompí el papel de regalo y, al abrirla, en su interior había un espacio libre y una nota escrita con buena caligrafía que decía: “En tu vida, retírate de los soberbios”, y es cierto, solo traerán a tu vida conflictos, deterioro de las relaciones y de la amistad, pérdida de confianza. Este tipo de personas padece ceguera ante sus propios fallos, mantiene que siempre tiene razón y además cree ser superior en todo. Están muy lejos de ser humildes y viven en una realidad muy alejada de la real. Tras la primera línea continuaba: “Trabaja tu humildad, que no es rebajarse, sino abrir espacio para seguir creciendo”.
Con una sonrisa en los labios y cierta admiración por la sabiduría de sus Majestades, mientras me preguntaba ¿de quién sería aquella caja? ¿Melchor, Gaspar o Baltasar?, fui abriendo la segunda. Y, como no podía ser de otra manera, en su interior había otra nota, esta vez con temblorosa caligrafía, que decía: “Evita la envidia y a las personas envidiosas”. Y, efectivamente, los envidiosos siempre sienten que lo suyo nunca es suficiente, con lo que jamás tienen un segundo de paz interior; se pasan la vida rumiando y sin disfrutar de un instante de serenidad, amén de tener una autoestima frágil por su constante sensación de inferioridad e inseguridad. Continuaba la nota: “La envidia es un veneno lento que solo erosiona la alegría, las relaciones y la visión de uno mismo, haciéndonos olvidar dar las gracias por lo que tenemos”.
Admirando abiertamente la sabiduría de Sus Majestades, y con la seguridad de que esta debía ser de Gaspar, me dispuse a abrir la tercera de las cajas. Se repetía el contenido: una simple nota escrita a pluma estilográfica que decía: “Busca siempre en tu vida el amor y el perdón”. Claro: el amor impulsa al acercamiento; el perdón evita que las heridas destruyan ese acercamiento. Son columnas que sostienen las relaciones sanas, crean comunidades fuertes y hacen que nuestra vida interior sea más plena. El amor nos hace ser entregados, dar sin esperar nada a cambio; nos llena de compasión, nos hace entender el sufrimiento ajeno e incluso nos obliga a aliviarlo. Nos llena de gratitud, nos hace leales y nos invita a cuidar del bienestar de quienes nos rodean.
El perdón nos llena de libertad interior: perdonar no borra, pero libera del rencor, reconcilia y permite sanar los vínculos dañados. Nos hace empatizar con el error del otro y comprender el contexto y nuestras fragilidades. Perdonar es un acto de madurez que requiere más fuerza que la venganza.
Terminaba la nota con la línea: “El perdón limpia las heridas que, si no, se infectan con el resentimiento; además, pacifica el corazón”.
Tengo la seguridad que era la de Baltasar. Así, admirando el valor y la importancia de mis regalos de estos Reyes Magos, me volví a dormir plácidamente, sonriendo, porque no había mejor regalo.
Muchas gracias, Majestades, y que a todos los que lo necesiten le lleguen estas tres cajas.





