En muy poco llegará un nuevo Miércoles de Ceniza, una nueva Cuaresma en la que el cofrade se dotará de un lenguaje espiritual, que persigue conectar la emoción con la imagen, bajo la capa profunda de la razón que nos muestra cómo a través de la veneración y del rezo se alcanza un estadio de la mente y el alma que conectan con lo sagrado.
¿Han entendido algo? ¿No? Yo tampoco. Y esto es lo que me ocurre durante los últimos años, cada vez que se anuncia el Vía Crucis de la Agrupación de Cofradías de Córdoba o el del Consejo de Sevilla.
El lugar da igual, pero el efecto es el mismo. Se reverbera el lenguaje, se retuercen las frases con arabescos (como los gorgoritos del que abusa algún cantante) y se crea una paja mental que, probablemente, no entiende ni el que lo escribe, aunque seguro que da la sensación de bonito y estudiado.
Criticamos a los que siguen a las bandas, a los que anteponen a todo el costal o el martillo, pero no a quienes se atribulan y nos atribulan con palabras y palabras vacías. Pues uno reza sin necesidad de que se lo explique, de que se anuncien decenas de cosas relacionadas con el acto, etcétera.
¿Son solo vía crucis? No, ya no, parecen más bien una cuestió o de ego o de la certeza de que no atraen como otro tipo de actos.





