No siempre amanece igual. Hay días que, huyendo le la literatura mítica, per se, son diferentes. No respiras, no sientes, ni te despiertas igual. Pasa muy poco, pero cuando pasa, ya sabes que la pasión que una vez despertó en ti -hace mucho- ha regresado.
Eso sucede un viernes al año, el de Dolores, donde las certezas de la muerte que nos alcanzará y el sufrimiento vital por el que transitamos -o lo haremos- se suman a la esperanza de la resurrección. No es uno de esos mensajes que se sueltan en una catequesis, no.
Cuando llega el Viernes de Dolores la víspera llega a su cenit y el cofrade ya mira al mundo con un destello distinto, importante, seguro de que su camino es el correcto. No es una mirada desafiante, sino definitiva.
La ciudad, las ciudades del sur que respiran el aroma de los siglos mutan su geografía, que se dibuja en las manos de los cautivos, en las que abrazan la cruz y en las que se clavan contra el madero.
Todo lo que va a suceder ya lo saben y los sentimientos serán iguales y distintos. Pero hoy es viernes, de dolores, de tradición y recuerdos, de la ilusión renovada en la -y como la- mirada del niño. No se lo piensen, déjense llevar, disfruten.





