La revirá | Cuando apartar al mejor termina castigando a la hermandad

La salida de Juan Luis Berrocal Campos del martillo del misterio del Resucitado era desde hace meses uno de esos secretos a voces que recorren con insistencia las tertulias, los corrillos cofrades y las conversaciones de ensayo. Nadie puede afirmar honestamente que el desenlace haya sorprendido a quienes siguen mínimamente la actualidad interna de nuestras hermandades. El progresivo desmantelamiento de sus responsabilidades dentro de la corporación de Santa Marina, especialmente tras ser apartado del cargo de capataz general y quedar únicamente vinculado al misterio del Señor Resucitado, evidenciaba que la decisión final se encontraba prácticamente escrita de antemano. Y, sin embargo, que algo resulte previsible no significa necesariamente que resulte comprensible. Porque conviene dejar algo meridianamente claro desde el principio: las juntas de gobierno son soberanas para nombrar y cesar a quien estimen oportuno. Faltaría más. El problema comienza cuando la sensación generalizada es que las decisiones dejan de obedecer al interés objetivo de la hermandad para responder a motivaciones que nadie se atreve a explicar públicamente.

Porque cualquiera que posea un conocimiento mínimamente serio del mundo del costal sabe perfectamente que el trabajo desarrollado por Juanlu Berrocal al frente de las cuadrillas del Resucitado solo puede calificarse de sobresaliente. Primero en el palio de la Virgen de la Alegría y posteriormente en el misterio, el capataz había conseguido imprimir un sello reconocible basado en la seriedad, el criterio técnico, el orden, la personalidad propia y una evidente capacidad para liderar grupos humanos complejos sin necesidad de artificios ni espectáculos paralelos. En muy poco tiempo pasó de ser una promesa emergente a convertirse en una realidad absolutamente consolidada dentro del panorama cordobés. Y eso no lo discute prácticamente nadie fuera de determinados círculos interesados. Precisamente por eso la decisión provoca tanta incomprensión: porque cuesta encontrar argumentos estrictamente cofrades que permitan justificar el relevo desde el punto de vista puramente funcional, técnico y objetivo.

Y ahí es donde comienza el verdadero problema. Porque cuando en una hermandad se prescinde de alguien que desarrolla su labor de manera brillante, las explicaciones deberían ser transparentes, claras y comprensibles para evitar que el vacío sea ocupado inevitablemente por rumores, especulaciones y lecturas mucho más incómodas. Toda decisión basada no en la búsqueda del mejor perfil para servir a la cofradía, sino en intereses adyacentes, equilibrios internos, afinidades personales o movimientos de poder resulta sencillamente deleznable. Entre otras cosas porque termina penalizando directamente a la propia hermandad que supuestamente se pretende proteger. A veces se olvida con demasiada facilidad que las corporaciones no pertenecen circunstancialmente a quienes gobiernan, sino al conjunto de hermanos y al patrimonio espiritual, humano y devocional que representan. Y cuando las decisiones empiezan a percibirse como ejercicios de desgaste interno o reajustes de poder antes que como apuestas por la excelencia, algo comienza inevitablemente a deteriorarse.

Tal vez el tiempo, y especialmente las próximas elecciones, terminen arrojando algo de luz sobre una determinación que hoy, contemplada desde fuera, resulta extraordinariamente difícil de entender. Porque el problema no es únicamente la salida de un capataz ampliamente reconocido, sino la sensación de fondo que queda instalada en muchos sectores de la Córdoba cofrade: la de que, en demasiadas ocasiones, el mérito, la capacidad y el trabajo dejan de ser suficientes cuando entran en juego dinámicas internas que rara vez se verbalizan de frente. Y eso sí debería preocupar seriamente a cualquier hermandad. Mucho más que cualquier relevo de martillo.