Hay un instante en el Rocío que no pertenece ni al fervor de la llegada ni al júbilo del encuentro, sino a esa frontera íntima en la que todo comienza a deshacerse lentamente: el camino de vuelta. Es ahí donde el rociero descubre que la experiencia vivida no termina cuando la Blanca Paloma regresa a su santuario, sino cuando el alma empieza a comprender que debe abandonar ese espacio donde lo cotidiano ha quedado suspendido. La nostalgia, la melancolía y, al mismo tiempo, una profunda plenitud se entrelazan en una misma sensación difícil de nombrar, como si el corazón se resistiera a aceptar que lo extraordinario también tiene final.
En ese regreso, la memoria se convierte en un territorio habitado por voces, polvo y oración. Y entonces aparecen, como eco inevitable, los versos eternos de Los Romeros de la Puebla, que parecen describir con precisión casi dolorosa lo que el rociero lleva por dentro: «Tu huella fresca en mi hombro, Tu mirada en mi sentío, las lágrimas sin secarse, sin apagarse el gentío, la camisa con su herida, caliente el sudor y el grito. Los bueyes hasta tu puerta, traen el milagro vivo, de una rueda de madera, que son como el pueblo mío. Que al andar, anda despacio, y al suspirar, dá un quejío«. En esa pintura de palabras cabe el camino entero, la entrega sin medida, el cansancio convertido en oración y la certeza de haber vivido algo que ya pertenece para siempre a la memoria.

Y es entonces cuando el Rocío se revela en su dimensión más honda, la de la despedida inevitable: «Y ya es la hora de despedirse, Blanca Paloma, y ya es la hora de una oración, que se pronuncia diciendo adiós«. Porque todo regreso es también una pequeña herida, un desgarro suave que se instala en el interior del rociero cuando comprende que la Tierra Prometida empieza a quedar atrás. No se trata solo de dejar un lugar, sino de abandonar un estado del alma donde la fe, la convivencia y la hermandad han alcanzado una forma difícil de igualar en la vida ordinaria.
De ahí esa sensación tan humana que lo resume todo y que un rociero de Córdoba verbalizaba con una sinceridad desarmante: “no quiero volver a casa”. Porque el Rocío no se abandona sin resistencia, ya que se percibe como un rincón único del mundo, como un pequeño paraíso en la tierra donde la Virgen del Rocío habita en el centro mismo de la experiencia compartida. Y, sin embargo, la vida impone el regreso, aunque lo vivido no desaparece. «Como siempre cada año, me supo a poco el Rocío, el tiempo se va en un verbo, cada vez que estoy Contigo, campanil que da tres vueltas, y no se mueve del sitio. Adiós que quema en los labios, y no me atrevo a decirlo, araña el suelo la arena, trasiega a un mundo perdío, que busca el costo de luces, de la vuelta del camino«. Porque al final, el rociero vuelve, sí, pero nunca exactamente al mismo lugar del que partió.
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