La despedida de Francisco Vélez de la presidencia del Consejo General de Hermandades y Cofradías de Sevilla ha dejado al descubierto una realidad mucho más preocupante que el final de un mandato: la vergonzosa adulación perpetrada por algunos medios tradicionales sevillanos hacia quien, durante dos legislaturas completas, ha protagonizado una de las presidencias más intrascendentes que se recuerdan, salvo para quienes han vivido durante años a la sombra de su poder y de los privilegios derivados de esa cercanía. Resulta difícil comprender cómo determinados comunicadores han construido un relato casi hagiográfico alrededor de un personaje que provocaba un bochorno sonrojante cada vez que abría la boca y cuya gestión apenas deja rastro alguno. No arregló los retrasos que siguen lastrando la Semana Santa, no reformó la carrera oficial, no resolvió ninguna de las jornadas conflictivas y tampoco abordó la problemática que desde hace años acucia a las hermandades de vísperas, eternas damnificadas del modelo, ni impulsó una sola transformación de calado que permita hablar de un legado reconocible. Su gran aportación consistió, esencialmente, en salir en la foto. Nada más. Sin embargo, quien apenas deja tras de sí una colección interminable de instantáneas institucionales ha sido despedido por algunos como si abandonara el cargo uno de los grandes artífices de la historia reciente del Consejo. La distancia entre los hechos y el relato resulta tan obscena que convierte esta despedida en un ejercicio de propaganda difícilmente compatible con el periodismo.
Pero quizá lo más inquietante nunca haya sido Vélez, sino el ecosistema mediático que lo ha sostenido durante años. Alrededor de su presidencia se ha consolidado un reducido núcleo de periodistas que han ensalzado hasta la náusea todos y cada uno de sus inexistentes logros, construyendo una ficción informativa destinada a proteger a quien ocupaba el poder. No se trata de admiración ni de afinidad personal, sino de una ecuación demasiado conocida para cualquiera que observe con atención el mundo cofrade. A cambio de seguir recibiendo los múltiples parabienes que todos sabemos que existen, de conservar el acceso privilegiado y de continuar obteniendo «lo necesario para trabajar con ventaja respecto a los medios que no se pliegan al poder y no embadurnan de incienso a quien manda», algunos decidieron sacrificar aquello que constituye la esencia misma del periodismo: la independencia. La prensa que debería fiscalizar al poder terminó convirtiéndose en su comparsa, en su maquinaria propagandística y en su más eficaz gabinete de comunicación. La crítica desapareció, el análisis fue sustituido por la pleitesía y la vigilancia dio paso a una servidumbre voluntaria que ha degradado profundamente el ecosistema informativo cofrade. Cuando el periodista necesita más al poderoso que el poderoso al periodista, el oficio deja de existir para convertirse en una simple relación de conveniencia.
Las últimas horas han supuesto el colofón de ese esperpento. Hemos asistido a la última felación pública de algunos de estos estómagos agradecidos, capaces de despedir a Vélez como si se tratara de un prohombre, una especie de elegido de los dioses, en lugar del personaje irrelevante que, con toda probabilidad, el paso del tiempo terminará colocando exactamente en el lugar que le corresponde. La historia suele ser mucho menos sentimental que las glosas escritas al calor del poder y la hemeroteca posee una memoria infinitamente más fiable que quienes hoy pretenden reescribir el pasado. Lo verdaderamente grotesco es que esa desmesurada adulación coincide precisamente con la llegada de responsables infinitamente más preparados, con mayor nivel, mayor criterio y una capacidad muy superior para afrontar los enormes retos que el Consejo arrastra desde hace años. Ese contraste convierte muchos de esos elogios en un monumental ejercicio de ridículo profesional difícil de borrar. Cualquier periodista que aspire a conservar intacta su credibilidad debería avergonzarse de textos semejantes, porque evidencian que muchos de estos sujetos con enorme poder mediático hace tiempo dejaron de ejercer el periodismo para convertirse en simples «influencers» del mundo cofrade, personajes cuya influencia no nace del rigor ni del talento, sino de saber arrimarse siempre a quien manda, de prostituir su oficio cuando resulta necesario y de exhibir unas tragaderas de proporciones bíblicas con tal de mantener intactos sus privilegios.
Afortunadamente, el Consejo cierra uno de los episodios más negros de su historia reciente. No solo por la evidente ausencia de reformas que han caracterizado estos años, sino porque durante este tiempo también ha terminado consolidándose un sistema mediático endogámico, caduco y profundamente nocivo, donde la cercanía al poder ha cotizado mucho más que la independencia y donde demasiados comunicadores han preferido vivir cómodamente bajo el paraguas de los favores antes que cumplir con la obligación de contar la verdad. Ojalá este cambio de etapa trajera consigo el desenmascaramiento definitivo de estas auténticas meretrices mediáticas y el desmantelamiento de una maquinaria vergonzosa que nunca debió alcanzar semejante grado de normalidad. Sería una magnífica noticia para el periodismo y para las hermandades. Pero, visto lo visto durante tantos años, reconozco que las esperanzas son prácticamente nulas. El sistema resulta demasiado rentable para quienes viven de él, demasiado cómodo para quienes disfrutan de sus ventajas y demasiado sólido para quienes jamás han entendido el periodismo como un ejercicio de libertad. Aun así, conviene dejarlo escrito. Porque los cargos pasan, los favores caducan y las relaciones de poder terminan cambiando. Lo único que permanece es la hemeroteca. Y pocas cosas resultan tan implacables como ella cuando llega el momento de distinguir quién ejerció el periodismo con dignidad y quién prefirió embadurnar de incienso al poder para garantizarse un asiento privilegiado a su lado.





