La revirá | Siempre suelo querer lo que no tengo

Hay frases que, por su aparente sencillez, consiguen penetrar en territorios de la conciencia a los que no llegan los tratados más complejos. «Siempre suelo querer lo que no tengo», canta Manolo García, alma mater de El Último de la Fila, en Aviones plateados, y en esas pocas palabras se condensa una auténtica filosofía de vida, una de esas verdades incómodas que reconocemos porque, en mayor o menor medida, nos hemos descubierto alguna vez habitando en ellas. La frase contiene, en primer término, la noble inquietud del ser humano que se niega a permanecer inmóvil, que aspira a crecer, a mejorar, a perfeccionarse y a conquistar nuevos horizontes. El inconformismo, cuando nace de la reflexión y no de la frustración, puede ser una formidable fuerza de progreso. Gracias a él se han superado límites, se han corregido errores y se han alcanzado metas que, de otro modo, habrían permanecido fuera de nuestro alcance. El problema aparece cuando la aspiración deja de ser una herramienta para avanzar y se convierte en una condena permanente a no disfrutar nunca del presente. Porque hay personas que no desean lo que tienen, sino aquello que todavía no poseen; que no contemplan lo alcanzado con gratitud, sino con la mirada puesta en la siguiente conquista; que convierten cada logro en una estación provisional desde la que emprender inmediatamente la persecución de otro objetivo. Y así, la vida termina convertida en una sucesión interminable de deseos satisfechos que apenas producen satisfacción, porque el deseo siguiente ya ha ocupado el lugar del anterior antes de que este haya podido ser disfrutado.

Esa insatisfacción permanente atraviesa, con una facilidad extraordinaria, todos los ámbitos de la existencia. En las relaciones personales, conduce a despreciar a quien está al lado mientras se idealiza a quien permanece lejos, a buscar fuera una perfección que probablemente tampoco se encontraría una vez alcanzada. En el trabajo, puede transformarse en la incapacidad de reconocer el valor de lo conseguido, en una carrera perpetua hacia otro puesto, otra responsabilidad, otro reconocimiento o una posición que, cuando finalmente llega, deja de satisfacer en cuanto aparece un nuevo escalón. En el terreno material, la lógica resulta todavía más evidente: la posesión pierde su capacidad de proporcionar felicidad en el mismo instante en que deja de ser novedad, y el objeto que ayer parecía imprescindible se convierte mañana en una pieza más de un inventario que nunca consigue colmar el vacío. La sociedad contemporánea ha convertido esa insatisfacción en un formidable motor de consumo, de comparación y de frustración. Siempre hay algo mejor, más nuevo, más grande, más prestigioso o más deseable. Y, bajo esa lógica, la felicidad se transforma en una promesa que siempre se sitúa un poco más lejos, justo lo suficiente para que nunca podamos alcanzarla del todo. El problema no es aspirar a mejorar, sino olvidar que también existe una obligación moral de reconocer lo bueno que ya forma parte de nuestra vida. Porque quien no sabe valorar lo que tiene no necesariamente será más feliz cuando consiga lo que desea; con frecuencia, simplemente trasladará su insatisfacción hacia un nuevo objetivo.

En el mundo de las cofradías, esa misma dinámica adquiere perfiles particularmente reveladores. Hay hermandades que parecen condenadas a vivir en permanente disconformidad con su propia realidad, como si todo cuanto poseen fuese insuficiente por definición. Lo que existe se contempla como una herencia incómoda y lo que todavía no existe se presenta como la solución definitiva. Se desprecia el patrimonio que ha acompañado durante décadas a una corporación porque ya no responde a la moda del momento; se cuestionan tradiciones que han construido la identidad de una hermandad porque alguien ha decidido que el futuro exige romper con todo; se mira con desdén la historia reciente, como si el pasado fuera siempre una carga y no una parte esencial de aquello que se es. Y entonces aparece una peligrosa tentación: el cambio por el cambio, la modificación permanente como prueba de modernidad, la obsesión por transformar sin preguntarse previamente si aquello que se pretende sustituir necesita realmente ser sustituido. Naturalmente, toda institución viva debe tener capacidad de evolucionar, corregir sus errores y afrontar los desafíos de cada tiempo. Pero evolucionar no significa despreciar lo anterior, ni mejorar consiste necesariamente en sustituir. Hay ocasiones en las que la novedad no aporta excelencia, sino simplemente novedad. Y hay cambios que, lejos de conducir a una mejora, destruyen equilibrios, rompen vínculos y empobrecen aquello que pretendían renovar. Una hermandad que jamás se encuentra satisfecha con su patrimonio, con sus cultos, con sus costumbres, con sus proyectos o incluso con su propia identidad corre el riesgo de convertirse en una institución sin memoria, permanentemente ocupada en dejar de ser lo que es para alcanzar algo que quizá nunca llegue a ser.

Tal vez la verdadera sabiduría consista en aprender a convivir con esa frase de Manolo García sin permitir que se convierta en una sentencia. Querer lo que no tenemos puede impulsarnos a crecer, pero despreciar lo que tenemos puede condenarnos a vivir eternamente insatisfechos. La clave está en saber distinguir entre la ambición legítima y la incapacidad patológica para conformarse; entre el deseo de mejorar y la imposibilidad de agradecer; entre la renovación necesaria y la demolición caprichosa de todo cuanto nos precede. También las hermandades deberían aprender a formularse una pregunta incómoda antes de emprender cada transformación: ¿queremos cambiar porque lo existente ha dejado de cumplir su función o simplemente porque nos hemos cansado de contemplarlo? No siempre lo nuevo es mejor, del mismo modo que no todo lo antiguo merece ser conservado por el mero hecho de ser antiguo. Pero la madurez exige valorar, ponderar y comprender antes de destruir. Porque quizá la tragedia de nuestro tiempo consista en que hemos aprendido a desear con una eficacia extraordinaria y a agradecer con una torpeza cada vez mayor. La vida, las relaciones, el trabajo, las posesiones y las hermandades merecen ser contemplados también desde la gratitud, desde la conciencia de que no todo lo que tenemos es provisional ni todo lo que nos falta resulta imprescindible. Y quizá, al final, la verdadera libertad no consista en conseguir todo aquello que deseamos, sino en aprender a desear sin dejar de valorar lo que ya tenemos.