Disonancias musicales | Comisiones musicales: el timón que debe guiar los repertorios

El patrimonio de nuestras hermandades no solo se custodia en vitrinas de plata o en los bordados en terciopelo; se defiende de manera viva cada vez que una banda empieza a tocar. Por eso, la reciente creación de comisiones musicales en corporaciones de la importancia de la Esperanza Macarena y la Esperanza de Triana no es un capricho burocrático. Es una urgencia histórica para salvar nuestra identidad sonora.

Durante los últimos años, el ecosistema de la música procesional ha experimentado una preocupante deriva estética. Nos hemos acostumbrado a la búsqueda del aplauso fácil, al redoble estridente y a composiciones efectistas de dudosa calidad musical que buscan la viralidad antes que el sentido litúrgico. Se confunde el espectáculo con la devoción. La partitura de una cofradía debe ser la banda sonora de un misterio teológico, no una moda pasajera de tres minutos.

Frente a esta corriente de consumo rápido, estas comisiones surgen como guardianas del buen gusto. No nacen para censurar, sino para proteger y dignificar el patrimonio. En San Gil, la Macarena ha configurado una mesa de excelsa altura académica con el prestigioso compositor José Luis Turina como miembro de honor, flanqueado por expertos de la talla de Francisco Javier González Ríos en formación, Antonio Hurtado en historiografía y José Manuel Castroviejo en documentación.

Por su parte, la Esperanza de Triana aporta al debate la visión de creadores como Daniel AlbarránJulio Vera o el musicólogo Francisco Manzanero. Dos corporaciones distintas conectadas por un doble puente de lujo: el compositor David Hurtado y el músico Manuel Alejandro González, cuyos criterios técnicos guiarán los repertorios de ambos lados del río. Todos estos nombres elevan la cruceta musical a la categoría cultural que siempre mereció.

Existe, además, una responsabilidad pedagógica ineludible. El gran público consume lo que se le ofrece; si el oído de la masa se acostumbra al ruido ramplón de marchas efectistas de consumo rápido —como «Mi Amargura»«Siempre la Esperanza» , la recientemente estrenada y viralizada «¡Reina!»  o los arreglos edulcorados que plagan los repertorios actuales—, perderá la capacidad de apreciar las verdaderas obras maestras de los Font de Anta, Farfán, Pedro Gámez Laserna o Pedro Morales. Educar el oído del cofrade es una tarea colectiva. Mostrar que una composición clásica o de corte alegre bien estructurada enriquece el andar de un paso infinitamente más que una melodía facilona y ratonera es el verdadero triunfo que deben perseguir estos profesionales.

Aplaudo sin reservas este paso adelante. Dejar los repertorios al azar de las modas pasajeras o al algoritmo de las redes sociales es descuidar el alma de la cofradía en la calle. Es la hora de que los expertos tomen el mando, el criterio se imponga y estas comisiones se conviertan en el timón definitivo que guíe nuestra música hacia la excelencia.