La revirá | Cuando un obispo camina con su pueblo

En una época en la que determinadas distancias entre quienes ejercen responsabilidades eclesiásticas y quienes conforman el pueblo al que sirven parecen haberse ensanchado peligrosamente, el gesto de Santiago Gómez Sierra adquiere un significado que trasciende con mucho la anécdota. El obispo de Huelva ha acompañado el Traslado de la Virgen del Rocío a Almonte recorriendo a pie las tres leguas del camino, mezclado entre los peregrinos y compartiendo con ellos el cansancio, el polvo, la noche y las dificultades de un trayecto que dista mucho de ser una cómoda manifestación de devoción. La Venida supone aproximadamente quince kilómetros de recorrido entre la aldea y Almonte, en una jornada de extraordinaria intensidad para quienes participan en ella. Y el prelado ha elegido no contemplar ese acontecimiento desde una posición privilegiada, sino formar parte de él, caminar como un peregrino más y acompañar a quienes, generación tras generación, convierten el camino en una expresión singular de su fe. Puede parecer algo sencillo, incluso elemental, porque quizá eso sea precisamente lo que debería esperarse de un pastor: estar con su pueblo. Sin embargo, en tiempos en los que determinados gestos de cercanía se han convertido casi en una excepción dentro de algunos ámbitos de la curia, lo sencillo termina adquiriendo un extraordinario valor testimonial.

Caminar no es aquí una mera cuestión física. Caminar junto a los demás implica renunciar durante unas horas a la distancia que proporcionan el cargo, la dignidad y la posición institucional para asumir la condición esencial de peregrino, que es probablemente una de las expresiones más hermosas de la propia naturaleza cristiana. Quien camina comparte el ritmo del que tiene al lado, espera cuando otro necesita detenerse, soporta el cansancio y comprende que el destino únicamente adquiere sentido cuando el trayecto se realiza acompañado. Y eso es exactamente lo que ha hecho el obispo de Huelva: no limitarse a presidir una celebración, sino hacerse presente en el camino, allí donde la devoción deja de ser discurso para convertirse en esfuerzo, sacrificio y experiencia compartida. Porque una cosa es hablar del pueblo y otra, bastante más exigente, caminar con él. Una cosa es conocer sus tradiciones desde la responsabilidad episcopal y otra experimentar, aunque sea durante unas horas, aquello que sienten quienes recorren los caminos acompañando a la Virgen.

Y conviene decirlo precisamente porque no es una estampa que pueda considerarse habitual en determinados sectores de la curia. Durante demasiado tiempo hemos contemplado una Iglesia excesivamente instalada en determinadas estructuras, protocolos y distancias, como si la autoridad pastoral necesitara necesariamente un perímetro de seguridad alrededor de quien la ejerce. Por eso adquieren especial relevancia los gestos que rompen esa dinámica y recuerdan que la autoridad cristiana no debería confundirse con la distancia. Un obispo no deja de ser obispo por caminar entre sus fieles; quizá, en determinados momentos, demuestra con mayor claridad qué significa serlo. La imagen de Santiago Gómez Sierra avanzando por el camino del Rocío, sin más privilegio que el de compartir la experiencia de quienes peregrinan, contiene una pedagogía mucho más poderosa que cualquier discurso sobre la cercanía de la Iglesia. Hay enseñanzas que no necesitan homilía porque se explican con los pies. Y en una sociedad en la que tantas instituciones reclaman recuperar la confianza de quienes las contemplan desde fuera, quizá convendría recordar que la proximidad no se decreta: se practica, se demuestra y se sostiene con hechos.

Por eso creo que el gesto del obispo de Huelva merece ser reconocido como lo que es: un ejemplo. No porque haya realizado una hazaña extraordinaria, sino precisamente porque ha hecho algo tan profundamente cristiano como ponerse al lado de su pueblo y caminar con él. La Virgen del Rocío ha recorrido estos días los aproximadamente quince kilómetros que separan El Rocío de Almonte a hombros de los almonteños, en una de las manifestaciones de fe más singulares de Andalucía. Y entre quienes han decidido acompañarla ha estado su obispo, sin buscar una posición distinta de la de tantos peregrinos que avanzaban hacia Almonte. Ojalá esta imagen permanezca más allá de la jornada concreta y sirva para recordar algo que debería resultar elemental: que la Iglesia necesita pastores capaces de estar donde está su pueblo, de compartir sus alegrías y sus fatigas y de comprender que la autoridad espiritual alcanza su verdadera grandeza cuando se ejerce desde la cercanía y no desde la distancia. En un mundo cofrade y rociero que tantas veces reclama referentes, quizá no haya que buscarlos demasiado lejos. A veces basta con mirar el camino y contemplar a quien, pudiendo permanecer cómodamente al margen, ha decidido ponerse a caminar junto a los demás.