Hay regresos que no se cuentan en días, ni en meses, ni siquiera en años. Se cuentan en emociones. En lágrimas contenidas. En recuerdos que vuelven de golpe. En esa sensación difícil de explicar que aparece cuando, después de tanto tiempo, Ella vuelve a cruzar el camino de Almonte para regresar a casa.
Siete años.
Parece mucho tiempo… y, sin embargo, cuando se trata de Ella, parece que todo hubiera ocurrido ayer.
Porque en siete años la vida cambia. Cambian las personas que nos acompañan, cambian las circunstancias, cambian los sueños, las preocupaciones y hasta la manera de mirar las cosas. Hay quienes llegaron a nuestras vidas y quienes se marcharon. Algunos abrazos se hicieron más fuertes y otros quedaron convertidos en recuerdo. Hubo alegrías, despedidas, comienzos y finales.
En siete años, nosotros hemos cambiado.
Pero Ella ha seguido estando.
Ha estado en cada día bueno y en cada día malo. En esas noches en las que parecía que no había respuesta y en esos momentos en los que todo volvía a encajar. Ha estado cuando la vida sonreía y, sobre todo, cuando tocaba apretar los dientes y seguir caminando.
Porque quizá esa sea una de las grandezas de la fe: saber que no siempre podemos verla, pero sentir que nunca nos abandona.
Y hoy, cuando Almonte vuelve a prepararse para recibirla, parece que todo aquello que hemos vivido durante estos siete años cobra sentido.
«Siete largos años han sido,
y fue dura la batalla…
pero mereció la pena,
por verte de nuevo en casa.»
Qué verdad tan grande hay en esas palabras.
Porque hubo días en los que la espera pareció interminable. Días en los que el camino se hizo cuesta arriba. Días en los que tuvimos que aprender a esperar, a confiar y a seguir adelante.
Pero llegó el momento.
Y cuando Ella vuelva a entrar en Almonte, cuando sus calles se llenen de emoción, cuando los corazones vuelvan a latir de una manera distinta y sus hijos vuelvan a sentirla cerca, entenderemos que toda espera tiene su recompensa cuando aquello que esperamos lleva su nombre.
Quizá muchos de nosotros ya no seamos los mismos que éramos hace siete años. Quizá algunos lleguemos a esta Venida con más heridas, con más historias, con más ausencias y también con más motivos para dar gracias.
Pero habrá algo que seguirá intacto:
Ella.
La Virgen que ha permanecido presente mientras nuestra vida cambiaba. La que ha visto nuestras lágrimas y nuestras alegrías. La que ha acompañado silencios que nadie más conocía. La que, aun sin estar físicamente en Almonte, nunca dejó de estar en el corazón de sus hijos.
Y por eso esta Venida no será solamente el regreso de la Virgen.
Será también el reencuentro con una parte de nosotros mismos.
Con aquella ilusión de hace siete años. Con aquellos recuerdos. Con aquellos que ya no están y que, de alguna manera, volverán a caminar junto a nosotros cuando la veamos pasar. Con todo lo vivido desde entonces.
Porque siete años pueden cambiar una vida.
Pero hay amores que no cambian.
Y el de un pueblo con su Virgen es uno de ellos.
Por eso, cuando Ella vuelva a casa, quizá no haga falta decir demasiado. Bastará con mirarla. Con buscar sus ojos. Con sentir ese nudo en la garganta que aparece cuando el corazón reconoce aquello que tanto ha echado de menos.
Y entonces comprenderemos que, después de siete largos años, todo mereció la pena.
Porque vuelve Ella.
Porque vuelve la Madre.
Porque vuelve la Reina.
Porque vuelve a Almonte.
Y porque, después de tanto tiempo, volvemos a sentir que estamos, otra vez, en casa.





