Caminaba despacio, buscando una bocanada de ese aire fresco que ya casi no existe, cuando escuché a dos muchachos discutir con la pasión propia de quien cree estar hablando de lo más importante del mundo. Uno defendía, con pecho henchido, lo que él llamaba “la mejor hermandad de Córdoba”, aquello me hizo afinar el oído, porque quería saber qué razones sostienen hoy semejante afirmación, y cuál era esa “mejor hermandad”.
Sin prisa, sincronicé mi paso al de ellos, como quien acompaña un paso sin ser visto, y eso me dio la oportunidad de escuchar su sentencia: Es la mejor: la que tiene más “likes”, la que tiene las mejores fotos, y los mejores estrenos.
Con eso bastaba para coronarla, no supe el nombre de la hermandad, ni su barrio, ni su historia, solo supe que, para ellos, lo importante y la gloria cabía en una pantalla.
Los dejé marchar entre gestos y discusiones, y me quedé con un amargo sabor de boca, con la cabeza llena de dudas y con una certeza que me golpeó como un martillo en la zambrana, la Semana Santa de Córdoba se está, o la estamos, convirtiendo en una simple competición de postureo cofrade.
Vivimos la Semana Santa, o si solo la exhibimos como quien muestra un trofeo. Porque lo que menos se ve en ese escaparate es la fe, la catequesis, la oración, lo que más, los estrenos, el patrimonio, el brillo del dorado y el ruido de las redes. Vivimos rodeados de esos que yo llamo “cofrades de móvil”, conectados a todo, opinando de todo, discutiendo por todo: estilos, bandas, mantillas, acólitos, nazarenos, servidores, auxiliares… hasta la forma de repartir agua el aguador, y el tono de la voz del capataz. Todo se analiza, todo se juzga, todo se comenta, todo se convierte en parte del espectáculo.
Y así solo prevalece lo estético, y esto lo devora todo, dejando en la sombra lo que hace especial a una hermandad, su sentido religioso, su raíz, su porqué.
Por eso las juntas de gobierno andan como pollos sin cabeza, corriendo detrás de estrenos, mantos, sayas, dorados, bandas… olvidando lo único que de verdad sostiene una hermandad, los cofrades. Córdoba no necesita más estrenos, Córdoba necesita más cofrades.
Porque muchos de los actuales, hablan de cofradías todo el año, pero su devoción se evapora tras Pascua, aparecen solo cuando hay procesión, como quien acude a un espectáculo que ya conoce de memoria.
Y al verlo todo en redes, copiamos estilos, tendencias, bandas y formas de procesionar de otras ciudades, diluyendo la identidad cordobesa hasta dejarla irreconocible.
En resumen: Tenemos un problema de ego y de postureo, todos quieren ser protagonistas, todos quieren tener razón, todos quieren decidir, aunque no sepan qué deciden. Y todos viven de las redes, ignorando la historia y la idiosincrasia de su propia hermandad, queriendo que se adopte lo que ven fuera, porque es espectacular o porque les gusta cómo queda en una foto.
Así nacen las discusiones, los bandos, las tensiones, así se pierde lo esencial, así se olvida que una hermandad no es un escaparate, lleno de modas, es sencillamente un camino.





