Fernando Vaquero rescata la mística de san Juan de la Cruz en una obra sublime para el centenario del Consuelo

El centenario fundacional de la Hermandad del Consuelo de Sanlúcar de Barrameda ha encontrado en Fernando Vaquero Valero a un intérprete excepcional, capaz de convertir la memoria devocional, las raíces carmelitanas y la historia de una corporación centenaria en una creación pictórica de extraordinaria hondura espiritual. El artista sevillano vuelve a demostrar, con una obra magnífica y conmovedora, por qué su nombre ocupa un lugar de honor entre los grandes pintores religiosos contemporáneos. Su cartel, concebido como una auténtica oración hecha imagen, trasciende la mera función anunciadora para adentrarse en el territorio de la mística, la contemplación y el amor a Cristo, reuniendo en una misma escena siglos de historia y devoción. La presentación de esta pintura constituye uno de los momentos centrales del acto con el que la corporación inaugura la conmemoración de sus cien años de existencia, bajo el lema Cien años de Consuelo, una efeméride que también contará con un logotipo de Alejandro Escobar Oliva, conocido como Alesco; una orla extraordinaria de cultos realizada por Jesús Guerrero García, y un audiovisual promocional de Sinag.

Una obra pictórica entre la mística carmelitana y la memoria de Sanlúcar

El cartel, realizado en óleo sobre lino, con unas dimensiones de 116 por 81 centímetros, sitúa al espectador en el interior de la humilde celda de san Juan de la Cruz. Allí, en un espacio austero, apenas iluminado por la penumbra, irrumpe la presencia de Nuestro Padre Jesús del Consuelo, cuya aparición transforma la desnudez de la estancia en un escenario de encuentro sobrenatural. La luz que emana de la figura del Nazareno contrasta con la oscuridad circundante y convierte el silencio en protagonista de una composición en la que cada elemento responde a una intención histórica, artística y espiritual.

Fernando Vaquero vuelve a acreditar su extraordinaria capacidad para narrar mediante la pintura, articulando una escena en la que la riqueza iconográfica no eclipsa la profundidad del mensaje. La composición no se limita a representar un episodio de carácter místico, sino que establece un diálogo entre la tradición carmelitana, la identidad de la hermandad y la devoción que, generación tras generación, ha encontrado en el Nazareno una fuente de consuelo. La fuerza expresiva de las miradas, el tratamiento de la iluminación y la atmósfera de recogimiento convierten el lienzo en una invitación a contemplar, más allá de lo visible, el significado íntimo de la entrega a Cristo.

El propio pintor ha explicado que la obra nace de una reflexión sobre dos acontecimientos históricos estrechamente vinculados con san Juan de la Cruz y con el pasado religioso de Sanlúcar de Barrameda. El primero remite al conocido como Manuscrito de Sanlúcar, el único manuscrito conservado del Cántico espiritual que contiene correcciones y anotaciones autógrafas del santo. Durante casi cuatro siglos, este excepcional testimonio de la literatura mística española permaneció custodiado por las Carmelitas Descalzas de la ciudad, hasta que, el 31 de enero de 2019, las últimas religiosas abandonaron el convento. El códice fue trasladado entonces al convento de San Miguel de los Carmelitas Descalzos de Úbeda, vinculado al Museo de San Juan de la Cruz.

La desaparición de aquella presencia carmelitana, mantenida durante siglos, constituye uno de los episodios que alimentan el trasfondo histórico de la obra. Vaquero recuerda que, en torno a 1640, llegaron a coexistir en Sanlúcar hasta tres comunidades vinculadas al Carmelo, cuyos conventos fueron importantes focos de espiritualidad, arte y cultura. La marcha de las últimas religiosas supuso el final de una prolongada etapa histórica, aunque el nombre de la ciudad permanece para siempre ligado al manuscrito que allí se custodió durante generaciones.

El segundo acontecimiento que inspira el cartel es el denominado milagro de Segovia, una experiencia mística atribuida a san Juan de la Cruz. Según la tradición, mientras el religioso oraba en el convento de los Carmelitas Descalzos de Segovia, se le apareció Jesús Nazareno con la cruz a cuestas y le preguntó qué recompensa deseaba por sus sufrimientos. La respuesta del santo, que constituye el eje espiritual de la pintura, fue inequívoca: «Señor, padecer y ser despreciado por Vos». Una declaración que expresa la renuncia a los honores y a las recompensas materiales para abrazar el sufrimiento por amor a Cristo.

El historiador del arte Juan José Martín González menciona la existencia de representaciones pictóricas de este episodio en conventos carmelitas de Sanlúcar de Barrameda. Sin embargo, el paradero de aquellas pinturas continúa siendo un misterio. La posibilidad de que desaparecieran, fueran trasladadas o permanezcan todavía por descubrir añade a la obra una dimensión evocadora que el artista ha querido recuperar mediante la creación contemporánea.

Peter Reling y el origen de la devoción al Nazareno del Consuelo

La reconstrucción histórica conduce igualmente hasta el escultor flamenco Peter Reling, conocido también como Pedro Rellins, quien llegó siendo muy joven a Sanlúcar de Barrameda y permaneció en la ciudad hasta su fallecimiento. En 1689, el capitán Miguel Gutiérrez de Herrera solicitó una capilla en la nueva iglesia del Carmen para establecer allí el enterramiento familiar y dar culto a una imagen de su devoción. Para presidir aquel espacio se encargó una talla de Jesús Nazareno con la cruz a cuestas, cuya autoría se atribuye a Reling.

Hacia el año 1700, la imagen, hoy venerada como Nuestro Padre Jesús del Consuelo, ya había sido bendecida y recibía culto. De este modo nació una devoción que, con el paso del tiempo, acabaría adquiriendo una dimensión colectiva y se convertiría en una de las más arraigadas de Sanlúcar. El pintor encuentra en las características de la escultura una conexión sugerente con la tradición mística: la cabeza extraordinariamente girada y la boca abierta del Nazareno parecen conferirle la actitud de quien mira y habla con alguien, una particularidad que ha propiciado su vinculación iconográfica con la aparición de Jesús a san Juan de la Cruz.

La historia de la imagen alcanzó un nuevo capítulo en 1927, cuando el sacerdote Antonio Moreno Castro impulsó la fundación de una hermandad en torno a aquella antigua talla, que realizaría su primera estación procesional con la nueva cofradía en 1928. La devoción particular de una familia se había transformado en una manifestación colectiva de fe, preservando las raíces carmelitanas que habían acompañado al Nazareno desde sus primeros años de culto.

A este legado se suma otro vínculo significativo: desde 2011, la Hermandad del Consuelo posee una reliquia de san Juan de la Cruz que procesiona a los pies del Nazareno. Su presencia refuerza la relación entre la corporación y el santo carmelita, una conexión que Fernando Vaquero convierte en el fundamento conceptual de su propuesta pictórica. Por ello, la inclusión del religioso no responde a una elección ornamental, sino a una voluntad de recuperar y poner en valor la identidad espiritual que sustenta la historia de la hermandad.

La aparición de Jesús del Consuelo en la celda del santo

En la explicación de su obra, el artista describe una estancia austera en la que la penumbra adquiere un significado que va mucho más allá de la ausencia de luz. La atmósfera remite al poema Noche oscura del alma, una de las composiciones más universales de san Juan de la Cruz. Como señala Vaquero, se trata de «una oscuridad que no es ausencia, sino espera; que no es vacío, sino camino; que no es final, sino antesala del encuentro más íntimo con el Amor divino».

A la derecha de la composición, unos escritos recuerdan la labor del santo en torno a la corrección del Manuscrito de Sanlúcar. Son elementos discretos, integrados en el ambiente de recogimiento, que evocan una existencia consagrada a la contemplación, a la escritura y a la búsqueda de Dios. La aparición del Nazareno rompe entonces la quietud de la celda: la ventana se ilumina y la figura de Jesús del Consuelo irrumpe en la oscuridad, proyectando claridad sobre la estancia y convirtiéndola en un espacio donde lo humano y lo divino se encuentran.

Ante semejante presencia, san Juan de la Cruz cae de rodillas. La escena queda suspendida en el instante en que Cristo le dirige la pregunta que atraviesa los siglos: «¿Qué recompensa quieres por tus sufrimientos?». La respuesta del santo, con los brazos abiertos y el alma rendida, resume el sentido último de la composición: «Señor, padecer y ser despreciado por Vos».

Vaquero subraya que el religioso no solicita honores, alivio ni recompensa alguna distinta de continuar amando a Cristo. «Porque quien ha conocido el verdadero Amor entiende que la mayor gracia no está en recibir, sino en entregarse por entero», explica el pintor. En esa afirmación se condensa la dimensión teológica del cartel, que presenta el sufrimiento no como una finalidad en sí misma, sino como expresión de una entrega absoluta y de un amor que encuentra su plenitud en la renuncia.

El encuentro de las miradas constituye el corazón expresivo de la pintura. Jesús mira al santo y el santo mira a Jesús; dos presencias que se reconocen en un diálogo silencioso donde la intensidad emocional no necesita artificios. El artista resume esa relación mediante una imagen de gran fuerza espiritual: «Dos miradas que se encuentran, dos corazones que dialogan en silencio, dos almas unidas por un amor tan profundo que no necesita palabras».

La escena adquiere así una dimensión universal. La cercanía de Cristo y la respuesta de san Juan de la Cruz expresan la unión entre el amor divino y la entrega humana, entre la llamada y la aceptación, entre la contemplación y el sacrificio. En manos de Vaquero, la narración histórica se convierte en experiencia espiritual, y el episodio místico se transforma en una imagen capaz de interpelar al espectador desde la emoción, la belleza y la profundidad de su significado.

La presencia de María Santísima del Mayor Dolor y el simbolismo del morado

La Virgen ocupa un lugar discreto, aunque esencial, en la composición. Su imagen aparece sobre una pequeña estantería, iluminada suavemente por la llama de una lámpara de aceite. Se trata de María Santísima del Mayor Dolor, cuya presencia introduce una nota de ternura y recogimiento en el interior de la celda. No irrumpe en el primer plano ni altera el diálogo entre Jesús y el santo, pero permanece como Madre que acompaña, vela y comparte el misterio de su Hijo.

El pintor ha querido que toda la escena quede envuelta por el morado, el color corporativo de la hermandad. La elección no responde únicamente a una decisión estética, sino a una voluntad de dotar a la obra de una identidad inequívocamente vinculada con la corporación. Su intensidad impregna la estancia y establece una continuidad visual entre la espiritualidad carmelitana, la figura del Nazareno, la presencia de la Virgen y el aniversario fundacional.

Ese morado remite a la penitencia, al recogimiento y a la entrega, pero también a la memoria compartida de cien años de devoción. Es el color de las túnicas que acompañan al Nazareno cada Semana Santa y el de una historia construida mediante oraciones, promesas y sentimientos transmitidos de padres a hijos. En palabras de Vaquero, representa «cien años de devoción inquebrantable» y el recuerdo de las generaciones que encontraron consuelo en la mirada de su Nazareno y refugio en el corazón dolorido de su Madre.

La identidad carmelitana de la corporación, expresada en su propia denominación y en el templo que acoge su vida religiosa, debía impregnar necesariamente la propuesta. La elección de san Juan de la Cruz, la atmósfera contemplativa de su celda y la relación entre oración, penitencia y amor conforman una unidad conceptual en la que cada elemento contribuye a reivindicar las raíces históricas y espirituales de la hermandad.

El resultado es una composición en la que el color actúa como hilo conductor de la memoria, enlazando la tradición del Carmelo con la devoción a los Sagrados Titulares y con la celebración de un siglo de vida corporativa. La pintura adquiere así un carácter conmemorativo que no se agota en la evocación del pasado, sino que proyecta hacia el futuro la continuidad de una fe que ha sabido conservar su esencia.

Un homenaje a la historia y a quienes han mantenido viva la devoción

La reflexión final del artista se dirige expresamente a la Hermandad del Consuelo y a todos quienes han contribuido a sostener su trayectoria. Para Vaquero, alcanzar cien años no significa únicamente contabilizar el tiempo transcurrido, sino reconocer la huella de quienes precedieron a las generaciones actuales, agradecer el compromiso de quienes mantienen viva la corporación y mirar al porvenir con la certeza de que las devociones verdaderas pueden atravesar los siglos sin perder su capacidad de emocionar.

El pintor ha expresado su felicitación a la hermandad y ha agradecido la confianza depositada en él para anunciar una efeméride tan significativa. Consciente de la responsabilidad que supone interpretar artísticamente un siglo de historia, ha querido ofrecer una obra en la que confluyan su trabajo, el respeto a la tradición y el cariño hacia la corporación.

Uno de los propósitos más singulares de la pintura es recuperar simbólicamente dos elementos que forman parte de la memoria histórica de Sanlúcar: las antiguas representaciones del milagro de Segovia, cuyo paradero se desconoce, y el manuscrito autógrafo de san Juan de la Cruz, trasladado a Úbeda tras el cierre del convento carmelita sanluqueño. Vaquero no pretende sustituir aquellos bienes ni reconstruir materialmente lo que desapareció de la ciudad, sino rescatar su recuerdo y devolverles una presencia simbólica mediante el arte.

El propio autor lo expresa con especial sensibilidad: «Hoy, con toda la humildad de mis pinceles, he querido devolverle a Sanlúcar, aunque sea de manera simbólica, aquello que un día perdió». Una declaración que sitúa la obra en un territorio donde la creación artística se convierte también en ejercicio de memoria, reivindicación patrimonial y homenaje a una tradición espiritual que permanece viva pese al paso del tiempo.

Su despedida resume la dimensión personal con la que ha afrontado el encargo: «Porque hay encargos que se pintan con las manos, pero hay otros, como este, que se pintan directamente con el corazón». El deseo de que Nuestro Padre Jesús del Consuelo y María Santísima del Mayor Dolor continúen guiando los pasos de la hermandad durante muchos siglos más cierra una presentación en la que el agradecimiento, la devoción y el compromiso artístico se funden en una misma declaración de amor.

Con esta creación, Fernando Vaquero vuelve a poner de manifiesto su capacidad para trascender la representación figurativa y construir un relato pictórico de notable profundidad, en el que la belleza formal está al servicio de la historia y del sentimiento religioso. Su cartel no se limita a anunciar un centenario: rescata la memoria carmelitana, ilumina los vínculos entre san Juan de la Cruz y el Nazareno del Consuelo y convierte la efeméride en una experiencia de contemplación. Una obra de magnífica factura y extraordinaria sensibilidad que confirma, una vez más, el lugar destacado que el artista ocupa en el panorama de la pintura religiosa contemporánea.

La presentación del centenario y sus principales actos

La presentación oficial del cartel se celebrará el sábado 24 de octubre de 2026, a las 20:00 horas, en el auditorio Manolo Sanlúcar, dentro del acto de apertura del centenario fundacional de la Hermandad del Consuelo, correspondiente al periodo 1927-2027. Durante la convocatoria, Rafael Hidalgo Isla, presidente de la comisión del centenario, dará a conocer los principales actos previstos para conmemorar la efeméride.

El programa incluirá también la presentación del logotipo conmemorativo de los cien años, obra de Alejandro Escobar Oliva, Alesco, así como de la orla extraordinaria de cultos realizada por Jesús Guerrero García y del audiovisual promocional elaborado por Sinag. Mario Rondán Rodríguez será el encargado de conducir el acto, mientras que el apartado musical correrá a cargo de Esencia Flamenca.

La corporación inicia de este modo la celebración de un siglo de historia, una trayectoria que hunde sus raíces en la antigua devoción carmelitana a Jesús Nazareno y que ha llegado hasta nuestros días gracias al compromiso de sucesivas generaciones. El cartel de Fernando Vaquero se erige como una de las expresiones más significativas de esta conmemoración: una obra que une pasado y presente, tradición y creación contemporánea, para proclamar, desde la fuerza de la pintura, cien años de fe, memoria y consuelo.