La parroquia de Santa Marina de Aguas Santas de Córdoba ha vivido un acontecimiento de especial significado artístico y devocional con la bendición de María Santísima de las Aguas, la nueva dolorosa realizada por el imaginero cordobés Lázaro Mata, que desde este sábado queda incorporada a la vida cultual de uno de los templos históricos más emblemáticos de la capital. La ceremonia, celebrada en la tarde del 24 de octubre, culmina un proyecto que comenzó a gestarse durante la Semana Santa de 2025 y cuya existencia adelantó Gente de Paz en octubre de aquel mismo año, cuando la imagen se encontraba todavía en el camino que habría de conducirla hasta su destino definitivo.
La bendición representa mucho más que la presentación pública de una nueva creación escultórica. Con ella, la primera dolorosa de Lázaro Mata destinada a Córdoba deja atrás su condición de proyecto artístico para comenzar su recorrido devocional en el templo que la acoge. Se trata, además, de una obra especialmente vinculada a la trayectoria personal de su autor, que regresa a la imaginería después de años de alejamiento y encuentra precisamente en su tierra el escenario desde el que reconstruir su camino profesional. La Virgen de las Aguas nace así de la confluencia de una vocación recuperada, una profunda sensibilidad artística y el deseo de ofrecer a la ciudad una imagen capaz de transmitir el sufrimiento de María desde la intimidad, la dulzura y la esperanza.
El acontecimiento adquiere una dimensión todavía más significativa por el lugar elegido para recibir a la nueva dolorosa. Santa Marina de Aguas Santas, templo de dilatada historia y espacio de especial relevancia en la memoria cofrade cordobesa, se convierte en el hogar de una advocación cuya identidad está estrechamente vinculada a la historia del propio recinto y al simbolismo cristiano del agua. La llegada de María Santísima de las Aguas abre, por tanto, un nuevo capítulo en la vida religiosa de la parroquia y en la trayectoria de un imaginero que ha depositado en esta creación una parte sustancial de sus experiencias, sus aprendizajes y sus aspiraciones.












































Una dolorosa concebida para expresar el dolor desde la serenidad
María Santísima de las Aguas ha sido ejecutada en madera de cedro real y policromada al óleo, siguiendo un proceso creativo en el que Lázaro Mata ha perseguido una expresión profundamente personal. El escultor no ha querido representar a una Madre desgarrada por un sufrimiento exteriorizado mediante el dramatismo, sino a una mujer afligida cuyo dolor permanece contenido, como una herida íntima que convive con la serenidad y la confianza nacidas de la fe.
Esa voluntad expresiva constituye uno de los fundamentos de la imagen. En su concepción, la tristeza no excluye la dulzura, del mismo modo que el sufrimiento no anula la esperanza. La Virgen presenta una personalidad marcada por la contención emocional, el recogimiento y una belleza serena, cualidades que el imaginero ha buscado armonizar en cada uno de los elementos que conforman la escultura. La intención es que quien se sitúe ante ella no encuentre únicamente la representación del dolor de una madre, sino también una invitación al silencio, a la contemplación y a esa paz interior que el propio autor reconoce experimentar ante determinadas imágenes de la Semana Santa.
«Quería representar un dolor contenido», explicó Lázaro Mata al abordar las claves de su creación en una entrevista concedida a Gente de Paz con motivo de la bendición. «Una Virgen afligida, pero no desgarrada; una mujer que sufre y, al mismo tiempo, transmite serenidad, dulzura y esperanza». En estas palabras se encuentra condensada la aspiración que ha guiado al escultor durante los meses de trabajo: alcanzar una expresión en la que la aflicción resulte inequívoca, pero sin impedir que afloren la delicadeza y el sosiego.
La imagen es, en consecuencia, el resultado de una búsqueda que no se limita a la consecución de una anatomía correctamente resuelta o de un rostro de belleza idealizada. Toda la construcción escultórica se encuentra subordinada a la expresión final, desde la configuración de los volúmenes faciales hasta el tratamiento de la policromía y los pequeños matices que contribuyen a dotar a la Virgen de una personalidad propia. El autor ha insistido en que una dolorosa exige que todos sus elementos participen de un mismo lenguaje, pues el resultado depende de la coherencia entre la talla, la mirada, la anatomía y la superficie cromática.
La mirada, el centro expresivo de María Santísima de las Aguas
Entre los aspectos más destacados del proceso creativo figura el trabajo desarrollado sobre los ojos y la expresión del rostro. La mirada constituye, para Lázaro Mata, uno de los componentes esenciales de una dolorosa, porque es a través de ella como la imagen puede establecer una relación emocional con quien la contempla. De ahí que el escultor haya dedicado una atención especial a conseguir una expresión profunda, serena y cargada de tristeza interior, capaz de transmitir el sufrimiento sin recurrir a una gestualidad excesiva.
La advocación de María Santísima de las Aguas había inspirado inicialmente la elección de unos ojos verde agua, concebidos como una referencia directa al nombre de la Virgen y al significado simbólico que sostiene el proyecto. Sin embargo, durante la intervención realizada sobre la imagen antes de su llegada al culto, el imaginero decidió revisar aquella elección. El trabajo sobre la mirada le permitió comprobar que el resultado cromático inicial conducía hacia una expresión más fría y distante de la que deseaba para la versión definitiva.
La decisión de modificar el color de los ojos respondió, por tanto, a una necesidad expresiva y no a una cuestión meramente estética. Mata buscaba una mirada que reflejara con mayor intensidad el recogimiento y la tristeza íntima que constituyen el fundamento de la obra. «El agua sigue estando presente en su identidad y en toda la concepción de la imagen, pero entendí que no tenía necesariamente que estar literalmente en el color de los ojos», explicó el escultor, poniendo de manifiesto que la fidelidad a una advocación no exige trasladar todos sus símbolos de manera explícita a los rasgos físicos de la imagen.
Este proceso de revisión refleja la exigencia con la que el imaginero ha afrontado la culminación de su trabajo. El artista reconoce que uno de los mayores desafíos consistió precisamente en determinar el momento en el que la obra podía considerarse verdaderamente resuelta. Después de revisar los volúmenes faciales, la mirada y la relación entre la talla y la policromía, Mata entendió que no bastaba con completar la ejecución material: necesitaba alcanzar la expresión que había imaginado desde el principio.
«Para mí era importante no conformarme con que estuviera terminada, sino sentir que estaba verdaderamente resuelta», señaló. Una afirmación que permite comprender el alcance de las decisiones adoptadas durante los últimos compases del proceso creativo y la importancia que el escultor concede a la coherencia artística de sus imágenes.
Una obra con detalles íntimos y una dimensión espiritual propia
Más allá de los rasgos visibles que definen su fisonomía, María Santísima de las Aguas incorpora detalles de carácter personal que enriquecen su historia. Lázaro Mata ha explicado que acostumbra a introducir en sus imágenes pequeños elementos que poseen un significado particular para él, detalles que pueden pasar inadvertidos para el espectador, pero que forman parte de la memoria íntima de cada creación.
En el caso de la nueva dolorosa, uno de esos elementos se encuentra en el relicario dispuesto en el lazo del candelero, que contiene tierra de Tierra Santa procedente del Gólgota. Se trata de un componente que añade a la imagen una dimensión espiritual vinculada a la historia de la Pasión de Cristo y que, al mismo tiempo, conserva una significación personal dentro del proceso creativo.
El imaginero considera que una obra destinada al culto puede mantener simultáneamente una dimensión pública, abierta a la veneración de los fieles, y otra íntima, constituida por aquellos pequeños elementos que forman parte de su historia. Esa convivencia entre lo visible y lo reservado se corresponde, en cierto modo, con la propia personalidad que ha querido imprimir a la Virgen: una imagen que no necesita recurrir a grandes gestos para transmitir emociones profundas y cuya expresividad descansa en buena medida en la sutileza de sus rasgos.
La combinación de dolor, serenidad, dulzura y esperanza define así una propuesta escultórica que busca establecer una relación de proximidad con el devoto. El sufrimiento aparece como una realidad interior, no como una manifestación desbordada, y permite que la mirada de María Santísima de las Aguas conserve esa capacidad de sugerir consuelo que su autor considera esencial en una imagen mariana destinada a la veneración.
Santa Marina, origen y destino de una nueva advocación
La elección de Santa Marina de Aguas Santas como destino de la dolorosa no fue una circunstancia secundaria dentro del proyecto, sino uno de los elementos que terminaron dando forma a su identidad. La imagen comenzó a gestarse durante la Semana Santa de 2025, a raíz del encargo de una donante que concedió al escultor plena libertad para elegir tanto la advocación como los aspectos artísticos de la obra. Esa confianza permitió a Mata desarrollar una propuesta propia, sin partir de un modelo iconográfico impuesto.
La posibilidad de vincular el proyecto con Santa Marina hizo que la idea de María Santísima de las Aguas adquiriese pleno sentido. La historia del templo, la relación de su denominación con el agua y el significado cristiano de este elemento confluyeron en una advocación que ofrecía al escultor un marco conceptual desde el que construir la personalidad de la imagen.
El agua, presente en el nombre de la Virgen y en la concepción general de la obra, constituye un vínculo entre la identidad del templo y la dimensión espiritual del proyecto. No se trata únicamente de una denominación elegida por su sonoridad o por su relación con el lugar de culto, sino de una referencia que permite articular una propuesta devocional coherente con el entorno al que estaba destinada.
La llegada de María Santísima de las Aguas a Santa Marina supone, por ello, la culminación de un proceso en el que la advocación y el destino de la imagen han permanecido estrechamente unidos. La nueva dolorosa comienza ahora una etapa diferente, en la que dejará de ser exclusivamente una creación del imaginero para integrarse en la vida cotidiana de la parroquia y en la experiencia espiritual de quienes acudan a contemplarla.
«Santa Marina es un templo con una personalidad y una historia enormes», explicó Mata. «Que María Santísima de las Aguas vaya a formar parte de ese espacio hace que el proyecto tenga todavía más sentido». El escultor ha definido esta incorporación como un privilegio y una responsabilidad, consciente de que la imagen pasa a formar parte de un entorno patrimonial y religioso cuya historia precede ampliamente a su propia creación.
Un proyecto adelantado por Gente de Paz en octubre de 2025
La historia pública de María Santísima de las Aguas comenzó a conocerse en octubre de 2025, cuando Gente de Paz adelantó la existencia de la nueva dolorosa durante el III Encuentro y Exposición de Artesanía Cofrade de Córdoba. En aquel momento, la obra fue presentada dentro del espacio expositivo que Lázaro Mata instaló en el Centro de Ferias y Exposiciones de la capital, donde los visitantes pudieron contemplar por primera vez una creación concebida para recibir culto en Santa Marina de Aguas Santas.
Aquella presentación permitió descubrir los rasgos de la imagen y conocer las primeras claves de un proyecto que todavía debía recorrer parte de su camino antes de alcanzar su destino definitivo. La puesta en escena se planteó como una experiencia artística y sensorial en la que la escultura convivía con la iluminación, el ambiente y los aromas, buscando que la contemplación de la Virgen trascendiera la mera observación de una obra de arte.
La dolorosa fue vestida para aquella ocasión por Manolo Chacón, vestidor y bordador, mientras que la Hermandad de Pasión cedió la diadema de la Virgen del Amor para completar su indumentaria. La colaboración permitió presentar la nueva imagen con una estética cuidadosamente preparada para una primera aparición pública que despertó interés por el proyecto y por el regreso de su autor a la imaginería.
El encuentro incluyó también una conferencia de Lázaro Mata dedicada a la Virgen de las Aguas, durante la cual el escultor proyectó vídeos inéditos del proceso creativo y explicó el sentido de la nueva advocación. Aquella intervención permitió conocer algunos de los fundamentos artísticos y espirituales de la obra, así como otros aspectos de la trayectoria reciente del imaginero que ayudan a comprender el significado que atribuye a esta creación.
En aquella cita, el escultor ya había manifestado que tenía entre manos un encargo destinado a Córdoba capital y que lo consideraba especialmente personal. La nueva dolorosa podía convertirse, según explicó entonces, en una carta de presentación ante su propia ciudad. Un año después de aquel anuncio, el proyecto se ha materializado con la bendición de María Santísima de las Aguas, que comienza ahora su recorrido devocional en Santa Marina.
El Niño Jesús vinculado a Juan de Mesa que marcó el regreso del imaginero
Para comprender la dimensión personal que esta obra tiene para Lázaro Mata resulta necesario remontarse a otro episodio que marcó su trayectoria reciente: el encuentro con un Niño Jesús de 54 centímetros, perteneciente a una familia de La Carlota y relacionado, a partir de los estudios realizados, con la producción de Juan de Mesa.
En junio de 2025, el imaginero relató a Gente de Paz las circunstancias de aquel descubrimiento. La familia propietaria se había puesto en contacto con él para que examinara la escultura y Mata decidió desplazarse hasta La Carlota para contemplarla directamente, pues las fotografías disponibles no permitían apreciar adecuadamente sus características. Al tenerla ante sí, su impresión inicial fue la de encontrarse ante una obra que presentaba rasgos propios del lenguaje artístico de Juan de Mesa.
La posterior investigación aportó elementos que reforzaron el interés por la pieza. El informe del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (IAPH) destacó su excelente calidad técnica y señaló que, pese a su deficiente estado de conservación, conservaba características que permitían reconocer parámetros formales de la imaginería sevillana del primer tercio del siglo XVII.
El estudio estableció, además, una estrecha relación entre sus características técnicas y estéticas y la producción de Martínez Montañés y su discípulo Juan de Mesa. Entre los aspectos examinados se encontraban determinados rasgos anatómicos y faciales, así como el tratamiento del cabello, elementos que aproximaban la pieza a la producción vinculada al imaginero cordobés. Estas consideraciones situaron al Niño Jesús en un contexto artístico de especial interés, aunque la relación con Juan de Mesa debía entenderse en los términos de la investigación y las valoraciones recogidas en el estudio.
La historia de la escultura añadía otro elemento singular. La familia propietaria pertenece a los Velasco, apellido relacionado familiarmente con Juan de Mesa, una circunstancia que llevó a plantear la posibilidad de que la talla hubiera sido un regalo del imaginero a su madre o a su abuela. Se trata de una hipótesis expuesta por Mata a partir de aquella vinculación familiar, no de una autoría o procedencia definitivamente acreditada.
Antes de ser descubierta por el escultor, la imagen había permanecido durante años en un desván, colocada sobre un montón de paja. Una integrante de la familia decidió conservarla y posteriormente se planteó la posibilidad de intervenirla para realizar copias destinadas a sus hijos. Fue entonces cuando entró en escena Lázaro Mata, primero para estudiar la pieza y después para participar en el proceso relacionado con su reproducción y conservación.
La familia manifestó asimismo su deseo de que el original pudiera terminar algún día en un museo, donde recibiera la consideración que merecía por su interés artístico, en lugar de quedar en manos de un coleccionista particular.
Aquel encuentro tuvo consecuencias que fueron más allá del estudio de una escultura histórica. El contacto con el Niño Jesús contribuyó al regreso de Lázaro Mata a la imaginería después de un periodo alejado de esta actividad por circunstancias personales y profesionales. En ese contexto comenzó a tomar forma el encargo de la dolorosa destinada a Córdoba, que terminaría convirtiéndose en María Santísima de las Aguas.
Juan de Mesa y Martínez Montañés, dos referentes para construir un lenguaje propio
La relación de Lázaro Mata con los grandes maestros de la escultura barroca constituye otro de los ejes que permiten interpretar su nueva obra. El imaginero ha reconocido en Juan de Mesa y Martínez Montañés dos referentes esenciales, aunque subraya que su propósito no consiste en reproducir sus modelos, sino en aprender de ellos para desarrollar una personalidad artística propia.
De Martínez Montañés admira especialmente la capacidad para alcanzar una belleza serena y una gran claridad formal. De Juan de Mesa le atraen la fuerza expresiva y la humanidad de sus imágenes, dos cualidades que considera fundamentales para comprender el modo en que la escultura religiosa puede establecer una relación emocional con el espectador.
Ambas influencias, diferentes pero complementarias, forman parte del bagaje con el que Mata ha afrontado la creación de María Santísima de las Aguas. La serenidad formal que asocia a Montañés y la intensidad humana que reconoce en Mesa constituyen referencias desde las que el escultor busca construir un lenguaje propio, sin renunciar a la tradición que ha alimentado su vocación.
«Respetar a los grandes maestros no significa hacer imágenes que parezcan antiguas», sostiene el imaginero. Para él, la tradición no consiste en repetir una fórmula, sino en conocer sus fundamentos, comprender los principios que mantienen su vigencia y encontrar una voz personal dentro de ese legado.
Esta concepción se manifiesta en una obra que no pretende reproducir literalmente los modelos barrocos, sino recoger su capacidad para alcanzar la belleza, la expresividad y la naturalidad. El resultado responde a una interpretación contemporánea de la imaginería, sustentada en el conocimiento de los maestros y en la búsqueda de una expresión que pueda ser reconocida como propia.
Mata considera que la tradición permanece viva cuando permite crear sin convertir la admiración en imitación. Esa idea resulta especialmente significativa en María Santísima de las Aguas, una dolorosa en la que el autor ha intentado conciliar sus referentes artísticos con una sensibilidad personal marcada por el dolor contenido, la serenidad y la esperanza.
Una vocación nacida en la infancia entre Sevilla y Córdoba
La trayectoria artística de Lázaro Mata se encuentra estrechamente ligada a sus recuerdos infantiles y a las experiencias que alimentaron su sensibilidad hacia las imágenes sagradas. El imaginero ha recordado que uno de los momentos más felices del año era viajar a Sevilla de la mano de su tía María para vivir la Semana Santa, una experiencia que dejó una huella profunda en su manera de comprender la imaginería y la devoción popular.
Entre aquellos recuerdos ocupan un lugar destacado los Domingos de Ramos en Triana, cuando esperaba para contemplar la salida de la Virgen de la Estrella. Su tía, a quien describe como una persona de enorme energía, lo llevaba de un lugar a otro para disfrutar de las procesiones y descubrir las imágenes que acabarían formando parte de su memoria sentimental.
También resultó importante la influencia de su tío, el escultor Andrés Quesada Clavijo, de quien aprendió aspectos que todavía reconoce en su manera de trabajar. Entre ellos figuran la serenidad de los rostros y el cuidado del modelado y del pulido de las formas, elementos que el imaginero considera fundamentales para dotar a sus esculturas de naturalidad y equilibrio.
Aquellas vivencias infantiles fueron configurando una sensibilidad que posteriormente encontraría en la escultura religiosa una forma de expresión. Las imágenes dejaron de ser únicamente parte de una experiencia familiar y devocional para convertirse también en referentes artísticos, cuya contemplación alimentó su interés por la construcción de los rostros, la expresividad y la capacidad de transmitir emociones mediante pequeños matices.
En este contexto adquiere un significado especial la relación de Mata con la Virgen de la Alegría de Córdoba, imagen ante la que acostumbraba a concluir la Semana Santa. El hecho de que María Santísima de las Aguas vaya a compartir ahora templo con ella en Santa Marina constituye, para el escultor, una coincidencia cargada de simbolismo.
«Yo siempre terminaba la Semana Santa en Córdoba contemplando a la Virgen de la Alegría. Ahora, que mi Virgen vaya a convertirse en su vecina en Santa Marina, compartiendo templo, siento que de alguna manera se cierra un círculo que comenzó cuando era niño», explicó. La reflexión revela la dimensión sentimental que acompaña a la llegada de la nueva dolorosa y la manera en que las experiencias de su infancia confluyen ahora con su regreso profesional a Córdoba.
Aquellas Semanas Santas vividas como espectador han terminado conduciéndolo a formar parte de ellas como imaginero. La bendición de María Santísima de las Aguas representa así la culminación de un recorrido personal que une los recuerdos de Sevilla, la devoción cordobesa y la vocación escultórica recuperada.
El Gran Poder, Las Angustias y Pasión, imágenes que marcaron su sensibilidad
Entre los referentes sentimentales y artísticos de Lázaro Mata destacan algunas de las grandes devociones de la Semana Santa andaluza. El imaginero ha señalado la importancia que han tenido para su formación el Gran Poder de Sevilla, la Virgen de las Angustias de Córdoba y el Nazareno de Pasión de Sevilla, imágenes que han contribuido a configurar su manera de entender la expresión religiosa.
Del Gran Poder destaca la fuerza y la humanidad que transmite su representación de Cristo. De la Virgen de las Angustias subraya la capacidad para expresar el dolor sin necesidad de recurrir a una gestualidad desbordada, mientras que en el Nazareno de Pasión encuentra esa belleza serena que siempre ha despertado su admiración.
No se trata únicamente de referencias artísticas contempladas desde la perspectiva del escultor. Son imágenes que forman parte de su propia memoria y de su manera de vivir la devoción, experiencias que han influido tanto en su sensibilidad como en la búsqueda de una expresión propia.
Mata ha explicado que todavía experimenta una sensación de paz y tranquilidad cuando contempla algunas de estas imágenes, una respuesta emocional que intenta trasladar a sus propias creaciones. Su propósito es que una escultura devocional pueda conmover sin necesidad de recurrir al exceso, invitando a quien la contempla a detenerse y encontrar un instante de silencio.
«Busco que una imagen no necesite gritar para emocionar», afirmó. Esta declaración resume una de las claves de su aproximación a la imaginería mariana: la confianza en que una mirada, un gesto sutil o una expresión contenida pueden comunicar una profunda intensidad espiritual sin necesidad de exteriorizar el sufrimiento de manera extrema.
En María Santísima de las Aguas, esa concepción se traduce en una dolorosa que mantiene el dolor como centro de su identidad, pero lo presenta desde una tristeza interior en la que también tienen cabida la confianza y la esperanza. La imagen se sitúa así en una línea expresiva coherente con los referentes que han marcado la sensibilidad de su autor.
La primera dolorosa de Lázaro Mata para Córdoba
La bendición de María Santísima de las Aguas tiene para su autor una trascendencia que excede los límites de un nuevo encargo profesional. Córdoba es su tierra y esta es la primera dolorosa que realiza para recibir culto en la ciudad, una circunstancia que convierte la obra en un punto de inflexión dentro de su trayectoria.
Después de varios años alejado de la imaginería, regresar con una creación destinada a un templo cordobés supone asumir una responsabilidad especial. El escultor no solo presenta una nueva obra, sino que pone su nombre y su manera de entender la escultura religiosa al servicio de una comunidad parroquial, en un entorno que forma parte de la historia de la ciudad.
«María Santísima de las Aguas es, en cierto modo, mi manera de volver a Córdoba como imaginero», ha explicado. La frase expresa con claridad el significado que atribuye a esta dolorosa, concebida como una carta de presentación ante su propia tierra y como el punto desde el que pretende reconstruir su camino artístico.
La incorporación de la imagen al culto marca también una transformación en la relación entre el creador y su obra. Durante el proceso de ejecución, la Virgen ha permanecido ligada a las decisiones, revisiones y aspiraciones personales del escultor. Desde su llegada a Santa Marina, sin embargo, comienza una etapa en la que pasará a formar parte de la vida de la parroquia y de la experiencia devocional de quienes acudan a ella.
«Después de tantos años alejado de la imaginería, volver precisamente con una obra que se queda en Córdoba y que va a formar parte de la vida de una parroquia es una responsabilidad enorme, pero también una enorme ilusión», ha señalado Mata.
La nueva dolorosa constituye, por tanto, el comienzo de una etapa que el propio imaginero contempla con esperanza, aunque reconoce que todavía no puede anticipar hasta dónde lo conducirá. Su propósito inmediato pasa por recuperar la continuidad en el trabajo escultórico, profundizar en la expresión y seguir explorando tanto la imaginería mariana como la cristífera.
El autor ha confirmado que mantiene varios proyectos en distintas fases de desarrollo, algunos vinculados directamente a Córdoba y otros de mayor alcance, aunque ha preferido no adelantar detalles hasta que llegue el momento adecuado para darlos a conocer.
Un nuevo capítulo para Santa Marina y para la imaginería cordobesa
Con la bendición celebrada este sábado, María Santísima de las Aguas inicia oficialmente su historia devocional en Santa Marina de Aguas Santas. La obra que Gente de Paz dio a conocer en octubre de 2025 deja de ser una novedad vinculada al ámbito expositivo para incorporarse a la realidad religiosa de Córdoba, donde permanecerá destinada al culto.
Su llegada reúne diferentes dimensiones que se entrelazan en una misma creación: la recuperación de la vocación de Lázaro Mata, su relación con los grandes maestros de la escultura barroca, los recuerdos que alimentaron su sensibilidad desde la infancia y el deseo de ofrecer una dolorosa capaz de expresar el sufrimiento de María desde la contención y la serenidad.
La imagen también pone de manifiesto la importancia de la investigación, la reflexión y la revisión dentro del proceso artístico. Las decisiones adoptadas durante su ejecución, especialmente en el trabajo sobre la mirada y la expresión facial, revelan la voluntad de alcanzar una obra coherente con la personalidad que el autor deseaba imprimirle. No bastaba con terminar la talla: era necesario encontrar la expresión que diera sentido al conjunto.
La historia de María Santísima de las Aguas permanece, además, vinculada al episodio del Niño Jesús relacionado con Juan de Mesa que contribuyó al regreso del imaginero a la escultura religiosa. Aquel encuentro, que comenzó con la contemplación de una pieza histórica conservada durante años en una vivienda familiar, terminó formando parte de una trayectoria que ahora encuentra en Santa Marina un nuevo punto de partida.
El templo cordobés recibe así una nueva advocación mariana, fruto de un proyecto en el que confluyen tradición, personalidad artística y significado espiritual. La primera dolorosa de Lázaro Mata para Córdoba inicia su camino ante los fieles con una identidad expresiva definida por la dulzura, el recogimiento y el dolor contenido.
María Santísima de las Aguas ya ha sido bendecida en Santa Marina. Con este acto, la obra de Lázaro Mata comienza a dejar de pertenecer exclusivamente a su creador para incorporarse a la memoria devocional de Córdoba, en una historia que enlaza los sueños de infancia del imaginero, su regreso a la profesión y la esperanza de una nueva etapa artística.
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