A contracorriente | Amor de Magna

El día que muchos esperaban ha llegado. Y lo hace con la expectativa certera de las cofradías, de las imágenes de las que son garantes, de la fe que atesoran y transmiten a la siguiente generación.

Es una enorme responsabilidad, quizá la más grande, porque es la promesa de la eternidad y todo se reduce -nada más y nada menos- que a eso, a ese escalofrío que nos recorre cuando sabemos que nuestra existencia tiene un sentido.

Seguramente, una magna tiene tal dimensión que no se puede comparar, ni de lejos, al día de la Semana Santa en que sale nuestra cofradía. La vorágine del evento no deja latir el pulso lento de nuestra particular historia de fe.

Pero, probablemente, nos deje algún detalle, algo que recordemos con cariño, como -por ejemplo- cuando en la anterior pasó lo que jamás fantaseé, que viniera Jesús a verme. O esta que me ha permitido en su víspera, ver el asombro del pequeño tipo que mira.

Ya sea nostalgia, emoción o fastuosidad, de todo se puede aprender, siempre hay una enseñanza y algún detalle para seguir avanzando. 

Saben de sobra que no soy partidario de las extraordinarias, pero como dice mi querido Paco Román, una vez en faena hay que buscar lo mejor para nuestras hermandades. Él es más generoso que yo y, por supuesto, mucho más que los que vetan y creen que su operar quedará siempre oculto.

Luego hay otros que actúan del modo opuesto y facilitan la labor. De manera que esta Magna, antes de empezar, me ha enseñado bastante más de lo que esperaba. Así que solo queda disfrutar de ella, de cada imagen, de cada banda, de cada cuadrilla haciendo su trabajo con precisión y aguardar que todo salga bien. No por Córdoba, sino por las cofradías.