Había un anuncio de una especie de lejía para la ropa en el que se aseguraba que la protagonista era la yo del futuro de la que estaba en el presente.
Era un flash forward de manual, aunque en la versión prosaica de un espacio publicitario. Como también es un salto hacia adelante el de la oleada de cofrades que parecen venir del futuro, para enseñar a los del presente.
No obstante, como ya no vivimos en la expectativa de los `80, a cada instante la fiebre futurista pierde temperatura y el escepticismo con lo que ha de venir, crece.
Los rasgos del tiempo que llegará ya aparecen, con su signo constante, en todos los ámbitos. Y, en el cofrade, se refleja en señales como las de aquellos “devotos” que mandan a callar al respetable para escuchar bien a la banda de turno.
No son los únicos que han cambiado el régimen de prioridades, pues en el ámbito del costal (como dice un amigo), cada vez que retumba un “oído” debajo de un paso muere un ángel.
Luego existe una colección de capataces (más bien personas que se ponen delante o alrededor de los pasos) cuyo discurso es tan profundo que se limitan a decir que su trabajo es sacar cofradías.
Todo es tan vacío como aquel anuncio del yo del futuro, pero poco importa mientras el éxito nos mata con su veneno suave, pero eficaz y continuado.





