Todo empezó hace relativamente poco, cuando los padres abdicaron de educar a sus hijos y comenzaron a llamarlos campeones, cambiando el uso del sustantivo por el adjetivo. De ahí se partió hacia la sobrevaloración hasta de las cualidades que no tenían los vástagos y, entre tanto, se delegó la educación exclusivamente en los profesores.
Se pasó de la esfera del hogar a la del colegio, donde también se renunció a poner la tilde en la cultura del esfuerzo, para establecer el axioma de que todos tenemos las capacidades para triunfar en cualquier cosa que nos propongamos. Es decir, puedes ser un ceporro en inglés, pero llegado el caso te van a animar a licenciarte en traducción e interpretación. Y te sacarás el grado, porque no es que vivamos en un mundo de oportunidades, sino que la oportunidad es una obligación moral de la sociedad con el individuo.
El socialismo había triunfado y no por la introducción de asignaturas sustitutivas de la religión y por la consiguiente imposición moral, sino por la colectivización del fracaso vestido de triunfo, de oportunidades para todos. Y es que, con ese empobrecimiento educativo, aderezado con la cocaína invisible del bienestar, del disfrute personal, la mayoría llegó al último estadío de cada droga, la adicción sin fisuras.
Dentro de esta historia hay pequeños relatos en cada parcela de la existencia. Y uno de esos cuentos es el de las subvenciones, que todos quieren porque, como nos decían papá, mamá y la seño somos campeones y nos merecemos cualquier sueño. Entre ellos están que nos pague Europa la mitad del coste de la cosecha o que a los artesanos cofrades les den una ayuda para seguir manteniendo una tradición de siglos.
Es como la consideración del hilado de esparto tradicional como patrimonio inmaterial de la humanidad, con la trampa de la protección de una costumbre se consigue que se abra el grifo del dinero. Pero nadie quiere ver el cargado al hombro de sacos de cemento de 50 kilos como un rasgo consuetudinario que mantener para seguir viendo a peones de albañil atléticos.
Algunos artesanos cofrades han visto la oportunidad con la clarividencia de un mesías contemporáneo y en Pakistán la espoleta para hacer valer su deseo y su derecho. Es el retorno a la casa madre y no nos referimos al taller de bordado o de talla del siglo XIX, no, sino al socialismo que riega con subvenciones y controla el mercado y, de no poder someterlo, si del país asiático siguen llegando bordados se compensa a base de subvenciones, mientras los pobres artesanos -o sus portavoces- usan a los medios afines para clamar contra la injusticia.
A nadie, al menos en público, le gusta a día de hoy que lo llamen socialista (ni siquiera a la versión de gasolinera de que forman parte los integrantes del partido de la oposición), pero casi todos actuamos con la comodidad de asumir y vivir en su sistema. A todos nos gusta que papá nos llame campeón y no que nos ponga a hacer tareas o que nos cobre menos impuestos y, en consecuencia, nos reduzca la paga.
El hilado de esparto tradicional no se puede perder, como tampoco la figura de algunos bordadores a los que habría que declarar patrimonio de la humanidad.





