El poder siempre fue atrayente y, una vez catado, suele crear más adicción que la cocaína y el tabaco juntos. Si bien, en este tiempo confuso y supuestamente libre, el poder se ha democratizado y publicitado de tal manera que cualquier cargo, hasta el de presidente de comunidad de vecinos, se anhela como Gollum lo hacía con el anillo de poder.
Por eso es normal que un capataz pierda los cinco sentidos (y el sexto, el común) por un martillo. Como también es usual que la vara dorada de hermano mayor sea preciada, no por su calidad, sino por el presunto poder y brillo que otorga. Como en cetro de Saruman.
Pero en las cofradías los Andis Serkis y Cristopher Lee no son actores dando vida a un personaje, sino los personajes en sí mismos, con ese tufo histriónico que les otorga el discurso de la falsa humildad y del beaterío impostado (que ya son ganas de impostar algo como esto último).
Bajo el maquillaje (o el disfraz con el que solo se engaña al que se deja), no hay otra cosa que la cuota ínfima de poder que consuela una escasa autoestima. Pero hay excepciones.
Uno de ellos ya lo es en funciones y por voluntad propia y cuando la cofradía, lejos de tener problemas, camina con viento de cola. Hablamos de Pablo Jiménez, que podría haber concurrido a la reelección, sabedor de que hubiera ganado sin mayores sobresaltos.
Por delante, de haberlo hecho, tenía varios aniversarios en el siguiente mandato. Y de los golosos, de esos que te dan la excusa de la extraordinaria sin que nadie se lo cuestiones.
Nada más lejos de la realidad. Como hombre de hermandad dio un paso al lado, esperó que otra persona, Ana Gema Torrico en este caso, diera el paso mientras él se hacía a un lado, renunciando así a ser protagonista de los fastos que vienen.
Con un ejemplo basta y el de Pablo es demoledor y aleccionador.





