Es un término de los que ahora se consideran pretéritos, pero es cordobés y castizo. Y cuando a un capataz se lo mientan, supongo que le entra un escalofrío -y no de los de asombro- desde la nuca a la punta del pie.
Son los denominados costaleros de la casa, los que hasta hace no mucho llevaban imperdibles en los costales, gastaban rostros curtidos por el tiempo (solo les faltaba la cicatriz) y, como de la casa que eran -y que son-, consideran que la imagen es de su propiedad.
Su técnica, inexistente; su peso en los cabildos, demasiado; su rol, probablemente prescindible; el asunto, tabú.
En consecuencia, mejor no criticarlos y no entrar en el asunto. Pero sus características se resumen en el párrafo anterior y el problema es para el capataz de turno que, si tiene el apoyo de la junta de gobierno, tiene o bien que reconducirlos o bien enseñarles la puerta.
Nada agradable con un colectivo, cada vez más reducido, que tiene la certeza de que la imagen la tienen en propiedad y, a partir de ahí, los problemas ya se los calcularán.
Su trato tampoco suele ser agradable y, entre tanto, por más que a uno le sorprendan los costaleros que van con pantalones chinos, zapatillas de marca y cuiden la nutrición como un atleta; los preferirá siempre frente al otro tipo. Pues no se les llama de la casa ¿qué casa? ¿la de hermandad o la del pueblo?
Sea como fuere, ya desde la semántica erramos, todo lo demás es una mera consecuencia.





