A contracorriente | Cruel

La vida está plagada de cosas poco importantes y de unos cuantos asuntos -que no entendemos demasiado bien- relevantes.

En ese último rango están la muerte y lo que hay detrás y, antes de esas dos cuestiones, el sentido mismo de la existencia.

No son asuntos sencillos, de ahí que sea muy cómodo ignorarlos, hasta que nos alcanza. Y podemos culpar a que nos tengan adormecidos con los opiaceos modernos, que van de las redes a la televisión, pasando por las plataformas y quejándonos -si acaso- de políticos que no son otra cosa que nosotros mismos pero con cargo.

Recuerdo siempre que sucede una tragedia una letra de mi añorado Juan Carlos Aragón, en la que venia a decir que hay quien llora solamente el dolor televisado. No le faltaba ni un ápice de razón.

Así, ante una tragedia como la que acabamos de vivir, lo lógico es sufrir como una sacudida ante la brutalidad de la propia existencia. Y no dejo de preguntarme dónde están ahora los (aquí había un calificativo) de la flotilla, que no mostraron en su momento sino la involución de la inteligencia humana.

También me cuestiono tanto acto suspendido, tanta impostura, tantos preocupados por un perro desaparecido, aun con cadáveres en los vagones por excarcelar.

Todo es tremendo y les confieso que creo cada vez en menos cosas y más en Dios (sin la religión de por medio). Cada vez tengo más dudas y menos certezas ante el espectáculo inane de nuestro tiempo. Pero cada muerte duele y mucho, aunque todas no valgan igual aquí.

Las de esta tragedia dolerán probablemente más, si se sabe todo. Y, entre el luto y la perplejidad, solo cabe preguntarse por lo cruel de la existencia.