A contracorriente | El alivio macareno

Esta semana ha sido la semana. Comenzaba con la festividad de la Inmaculada (patrona de España para quienes sufren amnesia selectiva) y con el regreso más esperado, el de la Esperanza Macarena.

Y lo hacía tras una impecable restauración llevada a cabo por Pedro Manzano y con colas kilométricas para comprobar, para suspirar aliviados porque la Virgen, la más universal de las devociones marianas recuperaba su expresividad.

Un alivio que, seguramente, no solo fue para hermanos, fieles y devotos, sino también para la junta saliente y la entrante. Si bien, el alivio va por barrios y en el de los que utilizaron lo sucedido para, supuestamente, ajustar cuentas, su único consuelo sea el haberlas finiquitado.

Facturas que ha recibido José Antonio Fernández Cabrero, bien sea por ser natural de Cantabria, bien sea por haber ganado cada cabildo (incluidos dos elecciones) a los que se ha presentado o propuesto, bien sea por haberse enfrentado al establecimiento de un número cerrado de nazarenos, bien sea por haber tenido la osadía (yo diría valentía) de haber innovado.

Cada uno de ellos son ‘pecados’ que no se perdonan y, en cuanto se puede, te pasan la nota con la cuenta. A él, que ya se va, se la han pasado con los intereses del crédito del prestamista.

Los ataques han venido de todas partes (ya los conocen), desde programas especiales a presuntos profesores de la restauración, pasando por manifestaciones, giros populistas y portada de telediarios regionales.

Eso mientras atravesaba una dura situación personal y a sabiendas de que el culpable no era él, sino quien llevó a cabo la intervención. Fernández Cabrero y su junta fueron los responsables, que no culpables.

Eso sí, los cauces reglamentarios se siguieron todos y nadie -repito-, nadie se habría imaginado en junio lo que sucedería con la intervención, aunque después hayan salido los profetas de turno. Advenedizos, oportunistas como cualquier político de turno. El peor reflejo de esta sociedad decadente.

Todos sienten alivio, pero ¿qué sentirá Fernández Cabrero? Y es que de cosas como esta siempre quedan heridas invisibles que casi nadie repara en ellas, solo en el alivio.