A contracorriente | El costalero tiene que saber andar muy bien

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Resultaría una obviedad, de no ser porque este maremágnum de inmediatez todo queda relegado casi al instante. Todo se da por sabido antes de empezar no a profundizar, sino a rascar sobre la epidermis. Y en ese apartado el costalero también tiene un papel.

Un rol que se olvida entre arpilleras de lo más variados, músculo salido de cualquier gimnasio y preparación, física y mental, como si fuera a disputar el Tour de Francia o el Open de Estados Unidos. Por lo esencial nunca se pregunta, no vaya a ser que haya una respuesta incómoda, más que por lo sustancial, por lo accesorio.

Y en ese orden de cosas que se dan por sabidas no hay otra más importante que, como decíamos, la obviedad: el costalero tiene que saber andar muy bien. Eso lo decía Manolo Villanueva en una charla y la frase sonaba rotunda.  

La contundencia venía de lo que se deja atrás, que es la esencia misma del oficio, salpicada de forma recurrente por los que presumen de oficio y, aunque no hayan hecho el máster en el que participaba Antonio Santiago, cada frase se antoja el axioma que sueltan en los púlpitos como verdades incuestionables.

Villanueva defendía el andar antiguo y esa expresión, en los tiempos que corren, solo se le puede permitir a alguien como él, que no es que venga de vuelta, es que lo ha hecho todo. Y repetía hasta la saciedad que el costalero tiene que andar muy bien. 

Puede que la reiteración se exclamara porque aun hay costaleros que no lo hacen, aunque presuman de ello precisamente. No hay que salir de Sevilla para confrontar esa realidad, pero lejos de allí pasa también y por los mismos que se han autoerigido como apóstoles del martillo, del costal, o de vaya usted a saber qué. Basta con salir a ver cofradías para comprobarlo. O, sencillamente, con ver vídeos, tal como hacen algunos que ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.