Desde pequeños nos enseñan que todo pasa por cubrir etapas y, dentro de ellas, hay subtítulos que no se pueden soslayar. Está el colegio (con su guardería, primaria, bachiller, FP, universidad, etc.); luego viene la vida profesional; la familiar, las amistades; las parejas, las ex.
Así en un largo etcétera de ciclos en los que acabas echando de menos la infancia, la adolescencia, la juventud y todo lo que la memoria tiende a idealizar, para que el camino parezca más despejado y, sobre todo, alejar el dolor a base de otro, la nostalgia.
Hasta hace unos años, esas etapas vitales eran más definidas. Ahora, se queman sin piedad cada mes, semana o varias en un mismo día. Un verano de alquitrán puede ser fatal en esta sociedad de lo inmediato, para luego echarlo de menos, incluso, con los pies húmedos en un chiringuito de El Palmar.
Parece una contradicción, pero es el estado mismo de las cosas y, aunque parezca enrevesado, eso mismo les sucede a las bandas. Padecen de una nostalgia infinita cuando un contrato se acaba y, minutos más tarde, celebran el nuevo como si lo hubieran estado esperando desde antes de haberse fundado.
Entre tanto, las plañideras y los celebrantes aparecen por redes sociales como un ejército de no muertos. A la vez que, quienes orquestaron el quita y pon en la sombra, se arman para una nueva campaña, para indicar con su magnificente dedo el camino de la nueva tendencia.
Estar dos mandatos tras un paso es oficio de héroes en este tiempo. Si bien, nadie parece querer apercibirse de que siempre fue así, que las bandas tienen ciclos, unos mejores y otros regulares, dependiendo del nivel máximo que alcanzaron en su punto álgido.
Es tan antiguo como el hilo negro, pero nos dejamos llevar por la tendencia que nos dictan y, ahora, incluso antes de que llegue el punto bajo del ciclo creemos ciegamente que ha llegado aunque sea falso. Es más nos dejamos intoxicar hasta tal punto por el humo de ese cigarrilllo de la marca relato, que hay a quien le parece aberrante que los intérpretes de una banda sonrían.
No vamos a decir que cualquier tiempo pasado fue mejor. Vivimos bien y la música procesional suena mejor que nunca, pero somos más manejables, ignorantes por decisión propia y más blandos que un flan de nata. Necesitamos que nos digan qué está bien y qué está mal; compramos el discurso y, sin analizarlo, lo defendemos como si fuera nuestro.
Algunas bandas puede que tengan un drama, pero el resto tenemos un problema sin solución aparente.





