A contracorriente | El pregón anónimo 

Es Domingo de Pasión y el corazón, el mismo que tuve guardado en un cajón, lleva unos meses latiendo fuerte. Durante los últimos días el pepito grillo que me acompaña desde siempre está más tierno, tan reposado que parece un tequila de los buenos, del que tomaba a chupitos en aquellos años turbulentos en que tuve la distorsión de creer que iba a cambiar algo en alguna cofradía. 

Pese a que sabía que el pregón me iba a enervar, estaba tranquilo viendo los prolegómenos en la barra de un bar, con un cortado y comentando la jugada por WhatsApp con varios amigos. Y entonces llegaron varias nota de voz de ella. Hablaba de lo que, a su juicio, debe ser un pregón. Una valoración similar a la mía, pero hubo más. 

Salió una calle de la ciudad, donde los domingos de ramos eran distintos, cuando pasaba el Cristo de las Penas y la Virgen de la Concepción. Mee dijo que en un punto de la calle buscaba con la mirada a su padre y que, aunque ya no lo veo más hasta llegar a Santiago, le daba la tranquilidad exacta, precisa, la imagen viva de quien sabes que siempre va a estar ahí. 

Es un sentimiento tan natural como la fe; tan sencillo como la verdad encarnada; tan emocionante como el alma que responde al estímulo de su sentido último. Porque todos buscamos la felicidad, aunque sea a través de la nostalgia, mientras contemplamos la incertidumbre del horizonte. 

Eso son ls cofradías, las que se transmiten de generación en generación. Y no hay pregón más bonito, aunque solo llegue al atril anónimo de los recuerdos, los mismos que forman con sus sedimentos a la persona, a la vida.