Se pueden dar nombres, que los hay, pero ellos saben bien que va por ellos con solo haber prestado atención al titular de esta columna.
Son una especie en vías de desarrollo que corre el peligro de convertirse en plaga, como las bíblicas, cuya licencia viene bien cuando de cofradías se habla. O de pandemia como la que nos vino de China hace ya casi seis años.
El virus se ha extendido y se ha colocado delante de los pasos. Y, para que no haya confusiones, no son una enferemedad, sino un ejemplo de mala praxis, bien sea por ignorancia, bien sea por ego, bien sea porque se juntan ambos y para colmo saben de su estulticia.
Esto es, hay capataces (y no dos o tres) que se han aprendido un discurso (como los pseudoentenadores lo del bloque bajo) y ya con eso creen que disimulan, que cuela que son capataces. Esto hasta que se les atranca un paso en cualquier calle, se les hunde el costero toda la procesión o uno de los palios que llevan hace, como dicen los románticos, la carioca. Vaya, que las bambalinas bailan la lambada (repasen los vídeos del Miércoles Santo de Córdoba de 2025 y lo encontrarán).
Esos mismos autodenominados capatces usan a otros para impulsarse, como el amigo que aúpa al otro para saltar la valla que los separa de la pista del colegio para echar una pachanga. Y, precisamente, una pachanga entre colegas es lo que hacen ante los pasos que dicen que mandan.
Lo mejor de todo es que se ofrecen a través de terceros y de mensajes subliminales en redes sociales, para tratar de asaltar otros pasos, con el martillo aun caliente y el titular del mismo de cuerpo presente.
Son, en definitiva, como esos cofrades advenedizos, cuya trayectoria es una eterna carrera para alcanzar el cargo que sea y cobrar su cuota de protagonismo, en perjuicio de todos los damnificados por su incapacidad para gestionar ni la terraza de su casa y, de no tenerla, la persiana del balcón.
Son los protagonistas, los padres y los abuelos de la nada. Y lo que es peor, su legado será eso mismo, la nada.





