A contracorriente | Jubilares y jubilados 

jubileo

No lo vamos a denominar moda, sino tendencia. No lo vamos a llamar salida extraordinaria, sino misión. No vamos a utilizar la excusa de un aniversario más o menos redondo, sino una celebración de la Iglesia, que resulta una justificación más oportuna. 

En esas mismas estamos, en el cambio del relato de las cofradías, que ahora buscan el amparo de actos diocesanos o de la Iglesia universal (siempre hay que ir a por todas y luego ya se pone uno contento, sea lo que sea lo que consiga) para tener el argumentario apropiado con que darle barniz a sus extraordinarias. 

Y, dentro de esa modificación del relato, un año jubilar es la puerta abierta de par en par a cualquier tipo de procesión a la que poner el nombre de misión, magna o lo que usted quiera. 

No es que hayan cambiado ni el paradigma ni el modelo. No. Solo lo ha hecho el relato, porque el actual es un traje a medida que sienta como si te lo hubiera hecho un sastre ¿Quién va a criticar el oropel de algo tan bondadoso como una misión?  Casi nadie. 

Solo hay un detalle, minúsculo, insignificante como un verso inacabado, o todo lo contrario ¿a quiénes vamos a evangelizar a dos o tres manzanas más allá de nuestra casa? A nadie. Es la predicación al converso, como lo jubilar y lo jubiloso es parte de la alegría de vivir. 

Los jubileos en la Iglesia son como las extraordinarias y las indulgencias, afloran como setas en una alpaca húmeda ¿Su valor? Discutible como la necesidad de procesiones a babor y a estribor. Aunque pueden servir para algo, que el pueblo fiel se canse y se jubile de tanto incienso, pompa, boato y circunstancia.