La frase, no por tantas veces que me la he repetido y me la repitieron, no deja de tener actualidad a cada instante: no existen las casualidades, solo lo inevitable.
Y eso último, lo inevitable (casi como ‘Lo bello y lo triste’ de Kawabata) he ido aprendiendo que es lo más simple y lo más complejo a la vez. Es Dios, que aparece con distintas formas, pero que casi siempre confluye en el rostro del Señor, como una señal perpetua en el camino que uno transita sin saber muy bien qué quiere.
Pero he aprendido -he sentido- que algo busca, hasta en el cúmulo de malas decisiones que suelo tomar en pocos minutos, cual Ronaldinho del desastre. Pero que, como les decía, se toman porque hay un sentido sutil bajo la capa de la realidad que captamos.
Esa señal se advierte en sucesos, escenas, lugares y personas. Y, aunque él no esté personificado en la imagen que venero, sale su nombre o una situación que conduce a él.
Les voy a contar un secreto, hace un par de semanas salió Lolo Gómez en una tertulia de Cofrades 24/7. Y, aunque sabía de su trayectoria, lo conocí ese día de la mano de Sony.
Sabía que, durante muchos años, había sido costalero -entre otros muchos- del Señor. Hasta ahí todo normal, nada de casualidad, nada de inevitable.
Pero a los días de ese encuentro virtual comenzamos a conversar y, en esas charlas (que les aseguro que son extensas), sin entrar en interioridades, el Señor ha salido unas cuantas veces.
Entre ellas, en una me contó la historia de un costalero al que le cambiaba el costero en Campana y, cuando se enteró del motivo, ese no era otro que desde ahí veía a su madre pedirle al Señor.
Nunca he ocultado que soy un devoto del Señor y, al escuchar esa historia, no puedo evitar trazar un paralelismo con aquella primera Madrugada en la que mis huesos se vieron bajo las trabajaderas del Mayor Dolor y Traspaso, así como la conversación silenciosa que llevé con ella y con él toda la noche.
Probablemente fue la única vez que, con todo mi ser, he rezado debajo de un paso y la única en que en ningún momento me acordé ni un poquito de mí.
Tras aquello las señales han sido muchas y algunas muy contundentes. Todas entre lo bello y lo triste, la casualidad y lo inevitable, porque todos los caminos me conducen a él.





