El filósofo coreano Byung-Chul Han advierte del peligro de la sociedad del cansancio, donde el síndrome del agotamiento crónico es uno de sus mayores exponentes.
Les advierto que leo cosas muy raras y -más raro aun- me hago preguntas constantes y lo someto todo a una crítica feroz, basada en mis pobres conocimientos. Y, aun así, casi todo lo que observo sale perdiendo.
Es lo del tipo que mira que dice Pérez-Reverte y que, para colmo, no puede evitar relacionarlo todo con las cofradías, el mejor de los exponentes que tengo a mano para hacer ejercicios de empirismo.
Así que, envueltos en esa sociedad del cansancio, en la hiperactividad, en el déficit de atención alcanzamos una cuaresma más. Y pese a que muchos llegamos a ella con menos ganas que de leer un libro del filósofo coreano (pero le recomiendo que lea alguno, querido lector), no es menos cierto que es una especie de oasis, cuando a uno lo abordan las nostalgias y se refugia en ellas ante lo que viene.
Los actos se sucederán y nos adentrarán todavía más en la espiral que nos gobierna. Nos dejaremos, incapaces del no, pero deseosos de encontrar en ella lo que nos hizo felices. Es la antítesis, la contradicción, el ser luchando contra sí mismo.
Tras ella vendrá la Semana Santa y, poco después, las procesiones de cada fin de semana y alguna extraordinaria que pasaba por allí, como la canción de Aute.
Sin embargo, habrá algún momento en que, como hacían antaño el mediocentro o el mediapunta súper clase, se haga la pausa y todo fluya despacio por un instante. Será fugaz y ese será probablemente nuestro momento de la Cuaresma 2026.
Espero que sepamos verlo y, aunque dure poco, hacerlo infinito a través de los sentidos. Será una marcha, un vía crucis, un ensayo, la recogida del capirote, el momento en que se recoge la papeleta de sitio o el mero pensamiento en la procesión que se acerca. Será lo que sea, pero lo será. Siempre les digo lo mismo, cuando llegue lo sentirán como una sacudida, así que disfruten.





